Quien tiene el acceso, tiene el poder… Judith Rebecca en el Alcázar

Érase una vez una niña rubita de ojos claros que nació en un palacio pletórico de obras de arte. Como en aquella época (hace muchos, muchos años…) se creía que las corrientes de aire y los aires mismos transmitían enfermedades, los padres de la pequeña y sus criados la instalaron en unas habitaciones cubiertas de tapices y le prepararon una cama protegida por una estructura de madera llamada “camón”. Cuando cumplió dos añitos, la dejaron salir de sus cuartos para que pudiera explorar el resto del palacio. Un día fue a visitar los cuartos de su padre el rey y se quedó extasiada mirando las pinturas… La niña quería mucho a su hermanastra María Teresa y a su enano Soplo, con quien bailaba el zarambeque. Y más de una vez había visto a un hombre alto y delgado, que a sus ojos parecía filiforme y cuyos bigotes le recordaban a su padre. Se hacía llamar Diego y era el que ordenaba encender su pequeña chimenea cuando ella tenía frío… su aya decía que era el aposentador de “taíta”.

¿A qué habéis adivinado quién era esta niñita? Sí, efectivamente, ¡la infanta Margarita! la niña que aparece en Las Meninas.

Unos pocos privilegiados podía visitar a la infanta en sus cuartos ubicados en el ala norte del Alcázar, entre ellos don Luis de Haro. Pero ¿a qué no os imagináis quién podía entrar en su cámara como quien no quiere la cosa…? Pistas: era extranjera, mujer y no vivía en palacio. ¿Quién era? ¡Judith Rebecca! Sí, ¿os acordáis de aquella niña praguense recatolizada en Viena que se había casado con Johann Maximilian von Lamberg en 1635?

Sí, de Praga a la cámara de la infanta hay un buen trecho…, ahora lo explico: antes de llegar a Madrid Judith Rebecca había pasado una temporada en Münster y Osnabrück. No es que hubiera ido allí de vacaciones ni nada por el estilo: la razón de aquel desplazamiento se había debido a que su marido se encontraba en aquellas ciudades negociando las Paces de Westfalia, firmadas en 1648. Allí, Johann Maximilian y Judith Rebecca habían coincidido con el conde de Peñaranda y con Diego de Saavedra y Fajardo. Aquellas amistades le rentaron al conde de Lamberg porque en 1652 el emperador Fernando III le nombró su embajador en España.

Los Lamberg y sus hijos llegaron a Madrid en 1653, cuando la infanta Margarita ya había cumplido los dos años de edad. Judith Rebecca era entonces una mujer madura de 41 años, no había pisado nunca tierras hispanas, apenas conocía el idioma y jamás se había puesto un guardainfante. Pero no creáis que todo le resultaría extraño porque las cortes eran todas muy parecidas; de todos modos, ¿cómo una persona ajena a a la cultura cortesana española podía entrar en los aposentos de una niñita que estaba protegida bajo cien puertas con todas sus llaves? Pues aunque parezca raro, Judith Rebecca franqueó todas esas puertas simplemente por el hecho de que era esposa del embajador del emperador, es decir, embajadora del Imperio (aunque sería más preciso decir “de los emperadores”, o aún más “de la emperatriz”).

Las esposas de los embajadores del emperador tenían el privilegio de entrar en los aposentos privados de la reina y de las infantas. Contaban los anales de palacio que esta costumbre se había institucionalizado en tiempos de la embajada del marqués de Grana (1641-1651); vamos, que la “tradición” (si se puede llamar así por sus pocos años) era reciente…; por supuesto, el embajador del emperador también podía entrar en los cuartos del rey.

Y claro está, si la embajadora se metía en el dormitorio de la infantita también podía circular con facilidad por las cámaras privadas de la reina y de las damas que vivían en el palacio. Y eso tenía sus ventajas… porque la infanta –con dos añitos– poco hablaba y sus gestos tampoco eran muy significativos, pero las conversaciones y los ademanes de la reina, de las mujeres de palacio o de la infante (sí, a María Teresa, la hermanastra mayor de Margarita la llamaban “en masculino” por sus derechos sucesorios ), podían resultar muy útiles para la embajada de los Lamberg.

¿Y qué había ido a negociar el conde de Lamberg a Madrid? Pues muy sencillo: por un lado, el matrimonio de la infante María Teresa con el archiduque Fernando, primogénito del emperador Fernando III, y por otro, subsidios para la guerra contra el turco. Enlaces y batallas eran los asuntos que más preocupaban a los diplomáticos de la Edad Moderna.

¿Y qué pinta la infantita Margarita en todo esto? Mucho, porque de su supervivencia dependían las relaciones de la Monarquía Hispánica con los Habsburgo austriacos. Así que Judith Rebecca von Lamberg debió de rezar más de una vez por la salud de la pequeña.

¡Qué viva la infanta Margarita! Continuará…

 

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Bibliografía:

Tercero Casado, Luis, ““Un atto tanto pregiuditiale alla mia persona”. Conflictos de precedencia entre Madrid y Viena (1648-1659)”, Ohm: Obradoiro de Historia Moderna 21, 2012, pp. 287-307.

Oliván Santaliestra, Laura,””My sister is growing up very healthy and beautiful, she loves me”: The Childhood of the Infantas María Teresa and Margarita María at Court”, en The Formation of the Child in Early Modern Spain. Editado por Grace E. Coolidge (Farnham, Ashgate, 2014), pp. 165-188.

Oliván Santaliestra, Laura, “Judith Rebecca von Wrna and Maria Sophia von Dietrichstein: Two Imperial Ambassadresses from the Kingdom of Bohemia at the Court of Madrid (1653–1674)”, Theatrum Historiae 19, 2016, pp. 95–118.

Y los archivos austriacos.

Agradecimientos a César Esponda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Defenestración, ladrona de infancias…

La primera vez que fui a Praga era noviembre. El cielo estaba encapotado, hacía un frío gris y la ciudad estaba tan bella que dolía. Al recorrer sus calles llenas de turistas deseando perderse, curiosos con ganas de impregnarse de historia y praguenses con prisas, me acordé de una niña llamada Judith Rebecca que vivió en sus propias carnes el comienzo de la Guerra de los Treinta Años.

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El 23 de mayo de 1618, la pequeña Judith Rebecca tenía seis añitos. Para ella sería un día más de primavera. Lo que no sospechaba mientras jugaba con su hermano era que esa mañana iba a marcar el principio del fin de su plácida vida. Aquel día un grupo de aristócratas bohemios arrojaron por la ventana a dos representantes del nuevo emperador Fernando II y a su secretario. Milagrosamente ninguno de los tres falleció: un oportuno montón de estiércol amortiguó su caída y una vez recuperados del susto, corrieron a refugiarse en el palacio Lobkowitz donde la señora de la casa, Polixena de Perstyn y Manrique de Lara, una ferviente católica de origen español, les brindó refugio enfrentándose a la turba que los perseguía. Abro un inciso para comentar que el palacio Lobkowitz fue el primer edificio que pisé en Praga y que de una de sus cientos de paredes cuelga el retrato de esa Polixena que acogió a los defenestrados; en ese cuadro, la noble checo-española luce tez blanca, cabello caoba, ojos azules y labios tan finos como rojos; un clavel encarnado coquetamente colocado en su oreja derecha le da un aire desenfadado. Pero no me quiero detener en Polixena, que bien merecería un tesis entera. Vuelvo a la pequeña Judith Rebecca.

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La defenestración de Praga de 1618 cambió la vida de nuestra protagonista porque sus padres, el conde Georg von Wrbna y su esposa Helena eran protestantes en un reino en el que Fernando II estaba dispuesto a imponer el catolicismo. La guerra estalló en 1619 cuando Federico V del Palatinado fue coronado rey de Bohemia por los nobles rebeldes. El padre de Judith, que apoyaba a Federico, se jugó la vida en la Batalla de la Montaña Blanca (1620). George no murió pero fue apresado y condenado a muerte. Judith tenía ocho años. Resulta difícil imaginar el miedo que debió sentir su madre Helena al verse sola con dos hijos y sabiendo que su marido iba a desaparecer pronto. Sin embargo, George fue oportunamente perdonado por Fernando II. Su servicio al malogrado emperador Rodolfo II le había granjeado importantes contactos en Praga que bien podrían haber influido en aquel perdón. El padre de Judith logró salvar la vida pero todos sus bienes le fueron confiscados. En la más absoluta miseria y acusando las penurias que había pasado en la cárcel, George von Wrbna enfermó del alma más que del cuerpo y falleció en 1625, dejando a una viuda y dos huérfanos, sin dinero, sin casa y sin honor.

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Desde la Defenestración de Praga, Judith Rebecca había crecido rodeada de incertidumbres. Ahora que su padre había muerto, su madre debería luchar. Y vaya si lo hizo. Helena von Wrna fue obligada a convertirse al catolicismo y a recatolizar a sus hijos. Con los pocos bienes que pudo recuperar tras el fallecimiento de su esposo, la madre de Judith Rebecca se marchó a Viena donde iniciaron una nueva vida. Helena se volvió a casar y sus hijos fueron educados en la corte. Los jóvenes bohemios pasaron de ser los hijos “conversos” de un noble rebelde a dos católicos reputados al servicio del emperador: el hermano de Judith se hizo jesuita y ella se casó en 1635 con el conde Maximilian von Lamberg.

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Judith Rebecca no volvió nunca más a Praga, la ciudad en la que su infancia le fue arrebatada. ¿Qué recuerdos guardaría de su padre?, ¿lo volvería a nombrar en público o pronunciaría su nombre en privado?, ¿renegó totalmente de la fe protestante?, ¿surtió efecto la recatolización a la que fue sometida?, ¿hasta qué punto le marcó la guerra de Bohemia? Eso me preguntaba yo mientras ascendía por una de las calles más empinadas de Praga. La ciudad no me respondió y eso a pesar de que sus piedras todo lo saben. Judith Rebecca fue testigo de excepción de los inicios de un conflicto bélico que sacudió los cimientos de la Europa del siglo XVII… ¿acaso también presenció su fin? Continuará.

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Bibliografía:

Katrin Keller, Hofdamen. Amtsträgerinnen im Wiener Hofstaat des 17 Jahrhunderts, Wien: Böhlau Verlag, 2005.

Y los archivos austriacos…

En busca de la tumba perdida…

Encontrar los restos de Juanica me llevó casi dos años, y no porque fuera difícil encontrarlos, más bien todo lo contrario. Todo empezó a las pocas semanas de llegar a Viena: yo había leído en el libro de Susanne Claudine Pils que la última voluntad de Johanna Theresia había sido ser enterrada en la cripta que la familia Harrach tenía en la iglesia de los Agustinos de Viena; templo muy conocido porque allí se casó Sisí. Así que, una mañana, ni corta ni perezosa, me fui a ver si encontraba la tumba en la iglesia; la tarea no podía ser más fácil (eso pensé, muy erróneamente), sólo tenía que darme un paseíto y descubriría el epitafio: “Aquí yace Johanna Theresia, condesa de Harrach, fallecida en 1716” –. Pero nada de eso, miré en cada muro, repasé piedra a piedra el suelo de la iglesia. Allí sólo había un monumento funerario, el dedicado a la hija favorita de la emperatriz María Teresa: la archiduquesa María Cristina (1742–1798), apodada cariñosamente “Mimi”. Mimi se había casado por amor con Alberto de Sajonia, el señor que da nombre a la Albertina, esa parte del Hofburg que hoy alberga una de las mejores colecciones del mundo de acuarelas, grabados y dibujos (uno de ellos, el famoso conejo de Alberto Durero). El imponente conjunto escultórico que rinde homenaje a la archiduquesa fallecida fue encargado por el susodicho Alberto a Antonio Cánova. El monumento es impresionante, pero dentro no hay nadie: ni “Mimi”, ni, por supuesto, Juanica.

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Lo que sí descubrí en la iglesia de los Agustinos, justo al lado de la sacristía, fue un recinto cerrado por una verja donde ponía: Herzgruft (Cripta de los corazones). El nombre era muy aparente porque resulta que en ese lugar reposan los corazones de los miembros de la familia Habsburgo (luego me enteré que las vísceras estaban en las catacumbas de la catedral de San Esteban). Los cuerpos resposan – como todo el mundo sabe en Viena – en la cripta de los capuchinos. Todas estas marraneces barrocas me dan un poco de asco; pero claro, son cosas propias de la época y a mí no me toca juzgarlas. En el cartel ponía que la ‘apasionante’ cripta de los corazones se podía visitar después de la misa del domingo, por lo que me dije – Bueno, a lo mejor detrás hay una puertecita que da a otra cripta y allí está Johanna Theresia –.

Al siguiente domingo volví a la iglesia de los Augustinos con la intención de meterme en cripta de los corazones y descubrir la puerta secreta que me conduciría hasta los huesitos de Johanna. La visita era guiada y consistía en una pequeña charla sobre el origen de la Gruft; luego te dejaban ver a través de una ventanita el habitáculo donde están las urnas que contienen los corazones; no me pareció nada que valiera la pena. Y, por supuesto, de Juanica, ni rastro.

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Así que me armé de valor y pregunté a la guía si sabía dónde estaba la cripta de los Harrach. Craso error, porque la pobre señora no tenía ni idea y, lo peor, en vez de decirme simplemente que no lo sabía, fingió saberlo, me dió una respuesta que no era correcta y allí comenzó mi deambular por Viena en busca de la tumba de Juanica. Bueno, lo que la ‘marisabidilla’ me dijo fue que los Harrach no estaban en los Agustinos, sino en la Schottenkirche (la iglesia de los Escoceses) y en la iglesia de Rohrau, un pueblo a cuarenta kilómetros de Viena. Pienso que a la señora se le ocurrió decir eso símplemente porque la Schottenkirche está en frente del palacio Harrach en Viena y porque en Rohrau está uno de los palacios de la familia. Me quedé con esa ‘vaina’ en la cabeza. Creí a aquella mujer  quizás por que llevaba gafas y eso da autoridad. Bien, el siguiente paso fue ir a visitar la cripta de la iglesia de los Escoceses.

La cripta de los Escoceses se visitaba a las dos de la tarde, una hora ‘perfecta’ para una española recién llegada a Viena. La visita fue guiada y duró tres horas durante las cuales traté de encontrar a Juanica; todo fue en vano. En la cripta reposaban muchos cuerpos de renombradas familias: Zinzendorf, Porcia, Dietrichstein o Khevenhüller, pero de los Harrach ni mención. – Johanna debe estar en Rohrau –, me dije. Pero me dio pereza ir hasta ese pueblo y dejé por unos meses de buscar a la ‘muerta’ para buscar a la ‘viva’ en sus cartas y demás escritos. ¿Para qué quería saber dónde estaba? ¿No me valía con urgar en sus documentos? ¿No podía dejar a Juanica descansar en paz? La pobre debía de estar revolviéndose en la tumba sólo de pensar que una plebeya como yo estaba tocando todos sus papeles.

Pasado el tiempo volví a la carga. Un amigo de la universidad me dijo que quizás Juanica estaba durmiendo el sueño de los justos en la cripta de la iglesia de San Miguel porque allí había mucho ricachón de tiempos de los Habsburgo. – Además – me dijo mi compañero – podía ser que aquella cripta se hubiera comunicado alguna vez con la de la iglesia de los Agustinos. Esa tesis casaba muy bien con la información dada por Susanne Claudine Pils en su obra. Conseguí información de los muertos de San Miguel y, desgraciadamente, según me dijeron los que los conocían, éstos no tenían el gusto de compartir sepultura con tal egregia embajadora. Así que me quedé donde estaba.

Visité otras criptas cuyos nombres no puedo citar. Las fotos que adjunto son de una de ellas. En ninguna estaba Juanica.

Habían pasado casi dos años desde mi primera visita a la Augustinerkirche y se aproximaba el fin de mi estancia en Viena. No podía irme sin averiguar dónde estaba. Todo se resolvió al final ‘a golpe’ de mail. ¡No se cómo no se me ocurrió antes! Harta de todas esas búsquedas infructuosas que he relatado, decidí mandar un correo electrónico a los monjes Agustinos. Me contestaron muy amablemente: la cripta de los Harrach estaba en su iglesia pero en un lugar no accesible al público, en el altar. No se podía entrar en el interior pero sí  ver la losa de acceso y su inscripción. El padre agustino me invitó a ir cuando quisiera, sólo tenía que acercarme a la iglesia y pregutar por él. Fui a la semana siguiente, dije que era la chica interesada en la tumba de los Harrach, retiraron la cuerda del altar y me dejaron pasar; hice todas las fotos que pude. La lápida de los Harrach no estaba ni el lado de la epístola ni en el del evangelio: estaba justo en el centro. ¡Justo en el centro! ¡qué curioso! ¡estar enterrado en el sitio más relevante del templo y ser invisible al mismo tiempo! ¡Nadie puede ver la tumba de los Harrach a pesar de que está situada en un lugar más importante de la iglesia !

Ironías del destino. A punto de regresar a España, encontré a Juanica.

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Lápida que da acceso a la cripta de los Harrach en la Augustinerkirche.

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Altar de la iglesia de los Agustinos.

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Los veranos de las embajadoras: ocios y negocios

Antes de ayer cayeron las primeras lluvias en Granada desde hace meses y hoy hasta me he tenido que poner una chaquetilla a primera hora de la mañana. Parece que el verano se va despidiendo poco a poco y, con él, las vacaciones… aunque éstas, para muchos, hace ya unos días que son historia. Lo que tiene el fresquito es que te da más ganas de trabajar. La asociación entre frío y trabajo, y entre calor y descanso la tenemos bastante clara en nuestra sociedad pero en la Edad Moderna las cosas no eran tan sencillas; desde luego, para las embajadoras estos binomios no funcionaban. Hiciera frío o calor, las ocupaciones no faltaban como tampoco los ratitos de relajo, porque eran humanas.

¿Tenían vacaciones las embajadoras? La pregunta puede parecer un poco rara teniendo en cuenta que el concepto de “vacaciones de verano” no existía en la época. La palabra “vacaciones” la define Sebastián de Covarrubias en 1611 como “los días que se dan recreaciones a los estudiantes en las universidades”; según esta definición, sólo los jóvenes pupilos tenían días de asueto oficiales para descansar de las largas jornadas de estudio.

Las vacaciones de hoy en día aún no estaban inventadas pero sí el descanso y el entretenimiento en oposición al “oficio” o al “negocio”, en definitiva, al “trabajo”. El “ocio” se oponía en la Edad Moderna a la “ocupación”. José Deleito y Piñuela, en su entretenida obra El rey se divierte, relató de manera muy amena los numerosos ratos ociosos de Felipe IV; una “ociosidad” que sólo podía darse cuando el monarca cumplía con sus rutinarias “ocupaciones” que comprendían nada más y nada menos que el gobierno de la monarquía.

Pero dejemos a Felipe IV y concentrémonos en nuestras embajadoras y sus veraneos en la Villa y Corte. Las embajadoras del Imperio en Madrid en la segunda mitad del XVII no tuvieron “vacaciones” porque no eran estudiantes, pero sí verano y diversión entre “ocupación” y “ocupación”, porque el ritmo de vida de estas mujeres variaba muy poco antes, durante y después de la canícula (recordemos que para los romanos, la canícula iba del 24 de julio al 24 de agosto, momento en el que se podía contemplar en el cielo a la estrella Siria, igualmente llamada “pequeño perro”); vamos, que durante los meses de julio y agosto las embajadoras no paraban quietas en lo que a oficios, negocios y trabajos se refiere. Aunque también tenían sus momentos de solaz, que el calor indubitablemente – como ahora – propiciaba.

Relataré aquí los veranos de la condesa de Pötting, Maria Rosina Sophia Dietrichstein, esposa de Franz Eusebio von Pötting, embajador cesáreo en Madrid entre 1663 y 1674. ¡El matrimonio pasó diez tórridos veranos en capital! ¿Cómo se las arregló la joven embajadora de origen checo para combatir los bochornos? ¿Qué cambiaba en su vida con respecto a las otras estaciones?

Podemos pensar que a lo mejor no hacía tanto calor en el siglo XVII como ahora. La Pequeña Edad de Hielo debió hacer de las suyas por los madriles, aunque parece que el ‘peor’ periodo de frío en España fue entre 1570–1610 y, en ese intervalo, la condesa de Pötting aún no había nacido, así que vamos a suponer que Maria Rosina Sophia, acostumbrada a climas más continentales, pasó calor, mucho calor. Su marido, el conde de Pötting, dejó estos testimonios en su afamado diario: “No salí de casa por haçer una tremenda calor”. Ese mismo verano, a finales de agosto anotó: “este dia ha sido tan tremendamente caluroso que todos se hallaron espantados”.

Protegerse del sol era obligado y no sólo porque en aquella época el moreno conguito no estaba de moda, sino porque el calor excesivo se consideraba altamente peligroso para la salud. En la Edad Moderna, se creía que los cuerpos eran muy porosos, en consecuencia, cualquier efluvio maligno podía penetrar fácilmente por esos poros que conectaban el amenazante exterior con el delicado interior y hacer estragos en los humores corporales. Imprescindible era por tanto evitar que los rayos solares entraran a través de la piel. Creo que esto me suena… Las cremas de sol aún no estaban inventadas pero les faltaba poco para estarlo.

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La condesa y su marido, para combatir los calores, tuvieron muchas armas a su alcance; la primera: quedarse en casa, una solución muy eficaz. La segunda: aligerar sus ropas, como aquella vez en la que se pusieron luto corto y ligero por la muerte del conde Piccolomini; aunque Maria Sophia, un quince de agosto, curiosamente estrenó un hábito de San Francisco de Paula, según su esposo “por devoción”, aunque quién sabe si fue por penitencia (lo digo por el calor que debió pasar debajo de él); ¿o quizás se lo puso para que los rayos del sol no le quemaran la piel? En cualquier caso, llevar el hábito habría tenido varias funciones: sufrir, conservar la salud, mantener la piel bien blanquita y además dar una imagen muy conveniente de santidad. Una tercera opción para la evitar los calores era estar en contacto con la naturaleza: la condesa de Pötting y su marido, después de cumplir con sus obligaciones, solían ir a pasear al campo “para tomar el fresco”. Entre sus rutas favoritas en verano estaban el ‘clásico’ Prado, el paseo del río, o El Retiro, donde las mañanas eran muy fresquitas, sobre todo a las seis, una hora muy buena según Pötting para “refrescarse”.

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Al margen del calor y de las cabriolas que había que hacer para que éste no afectara a los órganos y a la cabeza, los veranos de las embajadoras eran muy rutinarios en cuanto a ocio y negocio se refiere.

El verano comenzaba con dos preliminares: el cumpleaños del emperador Leopoldo I el nueve de junio y las festividades del Corpus con los Autos de palacio. La estación se inauguraba oficialmente con la noche de San Juan y sus baños rituales en el río Manzanares. Los embajadores acudían prestos con sus carrozas a remojarse en aquellas aguas mágicas. A finales del mes de junio, la familia real se ‘retiraba’ a El Retiro, lo cual cambiaba la habitual ruta que seguían las embajadoras para ir a visitar a la reina Mariana de Austria, ya que en vez de ir hacia el oeste, donde se ubicaba el Alcázar (en las inmediaciones de la actual plaza de Oriente), tenían que dirigirse hacia el este, al otro lado de la ciudad, pues ésta era la orientación que tenía aquel palacio de verano tan acertadamente llamado “El Retiro”. Mariana de Austria esperaba a la condesa de Pötting en sus retirados aposentos… descansando de la calima y acaso abrruntando uno de sus acostumbrados dolores de cabeza.

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El mes de julio se iniciaba con el cumpleaños de Maria Sophia. La embajadora cumplía años el día once pero su marido siempre le entregaba los regalos el día uno o el dos. Entre los obsequios que recibió en las once efemérides que celebró Maria Rosina Sophia en Madrid se pueden encontrar: “agradables y curiosas galanterías”, “algunas alajillas de buen gusto”, “un San Antonio engastado con diamantes que valió cien ducados de plata”, “un nudillo de diamantes”, “seis abanicos que su esposo hizo venir de París”, “una cajilla de filigrana, cintas y prendas de Flandes”, “un bien hecho nudillo de diamantes” y “un relojillo de plata”. Aún no he averiguado la razón por la que Pötting “colgaba” (hacía regalos) a su mujer entre el uno y el dos de julio si el cumpleaños era el once… si alguien tiene alguna idea, por favor que me la diga. El día del cumpleaños de Maria Sophia, lo que sí hacía el conde, era ponerse “joya”, es decir, colocarse en el pecho una joya que seguramente contenía el retrato en miniatura de su mujer. De este particular modo se celebraban los cumpleaños: decorando el atuendo elegido para la festividad, con un retrato-joya del homenajeado. Un verano, el matrimonio celebró el cumpleaños yendo al santo Christo de El Pardo.

La siguiente fecha para recordar en el calendario de julio era el cumpleaños de la infanta Margarita, a partir de 1666 emperatriz y esposa de Leopoldo I. Los Pötting celebraban ese día acudiendo a palacio (a El Retiro, normalmente) con las joyas de rigor. Allí “cumplían” dando la enhorabuena a la “Señora Empetratriz”, como llamaban a la infanta, y a la reina doña Mariana, por ser la madre de ésta. Algún mes de julio también fueron ese día a San Plácido a ganar el jubileo. En el verano de 1664, como aún estaba vivo Felipe IV, el conde de Pötting pudo acudir al oficio que el rey practicaba con los caballeros de la orden de Santiago, el día 25 de julio. Acababa el caluroso mes con la fiesta de San Ignacio que los Pötting celebraban acudiendo a misa a la iglesia del Noviciado de la Compañía de Jesús, situado en la calle de San Bernardo.

En agosto, la embajadora iba con su marido a la fiesta de San Alberto a la iglesia de Nuestra Señora del Carmen. Juntos tomaban el agua bendita de aquel santo para purificarse. En agosto de 1664, tuvieron que hidratarse bastante con aquellas aguas porque aún les duraba el susto del incendio de las barcas del estanque de El Retiro, acontecida sólo dos días antes. Era en aquellas aguas cristalinas de su palacio de verano, donde los reyes solían holgarse y ‘vengarse’ de los calores.

Avanzaba el mes de agosto con el cumpleaños de Pötting el día diez, día de San Lorenzo. El embajador siempre remarcaba esta coincidencia; al igual que el calor que se pasaba en esa fecha: “en este día en toda España debajo de las piedras en qualquiera parte se coge verdadero carbón, lo que yo probé por mí mismo”. Para celebrar su aniversario, Pötting se confesaba y comulgaba. Uno de sus mejores días de cumpleaños fue sin duda el diez de agosto de 1668; esa jornada, Pötting, su esposa y su hija Inés fueron a visitar el jardín del Almirante de Castilla, hacia el Prado viejo, un vergel “digno de ser visto”. Luego se fueron a El Retiro donde merendaron a la orilla del estaque; una buena manera de celebrar San Lorenzo, ‘san’ Pötting y de vencer al terrorífico sol laurentino.

El día quince, día de Nuestra Señora, era una fecha muy señera: los Pötting se confesaban y comulgaban, oraban en su capilla privada de la calle de la Luna, acudían a palacio y escuchaban el sermón de turno. Por la tarde iban a la iglesia de Las Maravillas y luego a pasear al campo.

Se cerraba el mes y acaso el verano con el día 28 de agosto. Era ésta otra efemérides importante en casa de los Pötting, pues se conmemoraba el cumpleaños de la primera mujer del conde, fallecida, claro está. Al embajador le gustaba honrarla y recordarla durante toda la jornada. En el año 1666, además, Pötting se acordó de la coincidencia de tres cumpleaños en el mes de agosto: el suyo el día 10, el del hijo que había tenido con su primera mujer, muerto de niño, el día 18, y el de ésta, el día 28.

Entre cumpleaños, paseos y festividades religiosas, los Pötting también trabajaban en verano: hacían y recibían visitas, y acudían a palacio a ver a los reyes. La rutina de los negocios se combinaba con la rutina del ocio. Pero entre una y otra rutina también ocurrían cosas extraordinarias… como el eclipse de sol del día dos de julio de 1666. Sucedió entre las cinco y las siete de la mañana, por lo que no alivió mucho los calores (más útil hubiera sido a las cuatro de la tarde). Corría la voz de que a quien sorprendiera durmiendo, sufriría grandes daños. El conde de Pötting dijo que tal rumor era “una patarata”, pero, por si acaso, su mujer y él observaron el fenómeno desde su jardín.

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Este verano habría ido bien algún eclipse de sol que otro… porque el calor ha sido furo. ¿Tendré que usar hábito como Maria Sophia? Lo pensaré para el verano que viene, quizás sea más práctico para protegerse del sol que gastar tanto dinero en cremas. En fin, ¡feliz comienzo de otoño! y ¡bienvenido sea el fresquito!

 

 

Bibliografía: Miguel Nieto Nuño (ed): Diario del conde de Pötting, Embajador del Sacro Imperio en Madrid (1664-1674), Madrid, 1990 y 1993.

Volver… o regresar al futuro.

Hoy cae un sol inmisericorde sobre Granada. Hace calor, mucho calor. Llevo en España más de tres meses y medio y aún no había tenido el sosiego necesario para sentarme frente a una nueva entrada del blog.

Sólo se me ocurre escribir de la salida de Viena y la vuelta a Granada. El día que salí de Viena con mi marido, cuatro maletas, una mochila de once kilos, dos chelos y una gata, no recuerdo si hacía calor o frío… seguramente no hacía nada de las dos cosas. Sí recuerdo que no miré atrás, salimos casi corriendo del piso donde habíamos vivido los dos últimos años, sin pena ni gloria, sin tristeza y sin alegría. Me había imaginado el momento de la “despedida” con más ‘chicha’ pero no. Teníamos prisa por llegar al aeropuerto, no perder el avión, las maletas, la gata o algún chelo por el camino (la mochila era imposible porque la llevaba a la espalda). Así que no hubo tiempo para sentimentalismos poco prácticos.

Unas horas después aterrizábamos en Granada. Mientras el avión tomaba tierra recuerdo que dije más o menos en voz alta: “Bienvenidos al país de la luz”; en ese momento una pasajera que estaba sentada delante de mí en el avión se volvió y sonrió, ¡A saber las horas de oscuridad que había ‘sufrido’ la pobre! Parece un tópico pero es cierto que la luz es lo que más me sorprendió al volver (eso y la comida, otro topicazo). Bajamos las escalerillas del avión y la luz lo inundaba todo a pesar de que la tarde estaba bastante avanzada. Los días siguientes apenas tengo recuerdos. Bueno, sí, alguno más relacionado con la luz: al día siguiente de mi vuelta, di un paseo por las calles de Granada para hacer papeles y la luz me cegaba, tenía que cerrar un poco los ojillos para ver. Y otra cosa que todo el mundo siempre señala: las voces altas en las cafeterías. Entré en una a tomarme un café y el ruido me pareció atronador. Ese primer contacto con las calles y espacios interiores de la ciudad fue brusco, chocante, pero también mágico, casi onírico. Los primeros días me parecía estar en un sueño, pero no precisamente en uno muy “bueno”; la sensación de irrealidad no me  siempre me resultaba agradable. Era como si estuviera con un pie en Viena y otro en una ciudad que me resultaba familiar pero extraña al mismo tiempo.

Todo era muy raro: me sonaban los nombres de las calles pero no sabían dónde estaban, los autobuses me parecían iguales a los que yo había conocido, pero no eran exactamente los mismo y tampoco hacían exactamente las mismas rutas (el LAC es un invento de menos de dos años; los de Granada me entenderán), el edificio de la Facultad de Filosofía y Letras era idéntico, pero la gente no era la misma, bueno sí, pero no… los alumnos que yo había conocido se habían ido y si no lo habían hecho, sus caras habían cambiado…, en mi mundo personal las cosas no eran menos extrañas: los amigos seguían allí pero sus vidas eran algo diferentes y los hijos de los amigos ¡Ya no eran niños!, eran adolescentes… cuando de repente mis amigos me decían ¡Mira cuánto ha crecido Fulanito o Fulanita!, me quedaba paralizada ¡El tiempo había pasado! Esos chiquillos que ahora tenían mirada de adultos en ciernes casi no se acordaban de mí. Para ellos dos años habían sido como dos décadas y para mí, al verlos, casi podría decir que también. El tiempo… siempre tan relativo, tan traicionero, tan curativo también…

Sí, en esos momentos me sentía como si hubiera regresado al futuro. Y en realidad así era: había regresado a una Granada que para mí era el futuro, una ciudad que estaba en un tiempo futuro mientras que yo me había quedado anclada en el pasado, en la Granada de marzo de 2014. Aquella era mi Granada, la que yo recordaba, y no esa de abril de 2016.

Sí, lo reconozco, me ha costado bastante adaptarme. El primer mes mi vida era un caos de cajas, recuerdos, caras cuyos nombres no acertaba a recordar…, horarios caóticos, gritos y un “entender todo lo que se decía en los autobuses y en la calle” pero a la vez ¡no entender nada! y con ello me refiero a tener que esforzarme para comprender comportamientos y formas de actuar que tenía olvidados pero que curiosamente, sin saberlo, había echado mucho de menos.

Los reencuentros han sido emocionantes y duros, como las despedidas en mi última semana de Viena. Un mes antes de regresar a este futuro que por fin ya es presente, confesé a Nacho mi miedo ante al vuelta a España. Temía que la adaptación me resultara difícil. Ese temor puede parecer tonto, terriblemente tonto después de haber pasado dos años en Viena peleándome con el alemán y la cultura austriaca (terminé adorándola, lo confieso);  más tonto e insultante aún si se piensa que a la vuelta me esperaba un trabajo maravilloso y una estabilidad que no había podido imaginar ni en mis mejores sueños. Pero lo cierto es que estaba muy asustada. Mis temores eran fundados porque, como digo, me ha costado adaptarme. ¿Será que la rapidez del avión no ‘favorece’ este acomodo? ¿Será que mi personalidad es así de reacia a los cambios? Todo puede ser o no. Ahora que me muevo con mi moto por Granada como pez en el agua, poco importa. El caso es que todo ha vuelto a la normalidad y punto.

Pero todo esto me hace reflexionar sobre los procesos de adaptación de las embajadoras del Imperio a España, allá por el siglo XVII. Para empezar, el viaje no duraba tres o cuatro horas sino tres o cuatro meses durante los cuales, además de perder la vida o la cabeza en el intento, estas mujeres también tenían la oportunidad de “hacerse a la idea” de lo que se les venía encima. Una vez llegadas a destino, las embajadoras tenían que ‘ambientarse’ para poder desempeñar con soltura su misión. Yo no he tenido que aprender a llevar un guardainfante para trabajar en la Universidad pero estas señoras sí que tenían que hacerlo si querían cumplir con sus obligaciones en la corte. Uf! Menos mal que he nacido en el siglo XX.

Johanna Theresia de Harrach vivió su juventud en la corte de Madrid (sí, lo sé ,esto ya lo he dicho muchas veces), como dama de doña Mariana de Austria. Pero no lo que voy a contar: Johanna regresó a la capital imperial que le había visto nacer ocho años después de aquella experiencia hispana. Para ella, la vuelta no fue fácil: Susanne Claudine Pils dice que la pobre llegó a sentirse como una verdadera “turista” en su propia ciudad. Su particular “regreso al futuro” le debió ocasionar algún que otro quebradero de cabeza: ¿Tuvo que repasar el mapa con los nombres de las calles como me ha pasado a mí en Granada? ¿Se perdió los primeros días intentando llegar a sitios cuya ubicación creía conocer a la perfección? ¿Se equivocó de estante a la hora de buscar un bote de mermelada? (Sí, Johanna hacía ella misma la mermelada). Yo me he vuelto loca en la cocina porque tenía en la cabeza la del piso de Viena. De alguna manera, salvando las barreras insondables del tiempo y el espacio, creo que me he sentido identificada, aunque sea un poquito, con mis queridas embajadoras: ellas también volvían y regresaban a un futuro transitorio que al final se convertía en su presente. Ese presente que ellas vivieron ha devenido ahora en pasado, del que ahora humildemente me ocupo. Pero no adelantemos acontecimientos… Voy a vivir  mi maravilloso presente y que el pasado, de momento, sólo sea mi objeto de estudio. ¡Feliz verano!

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Nostalgias de Carnaval… mi mimosa marchita y los miasmas pestíferos.

Las mimosas que compré el domingo se están marchitando, han perdido su envolvente y delicado olor…, sus bolitas amarillas caídas parecen anunciar el fin de este martes de Carnaval en Viena. Por la tarde he visto un rato la tele y he podido comprobar que en Graz han disfrutado mucho de este día con disfraces multicolores, vistosas cabalgatas y lluvias de confeti… Qué gusto da ver a la gente contenta.

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Mis flores de mimosa ya no huelen a nada, y Viena tampoco. Acabo de volver de un paseo por el centro y no he visto nada que se parezca a la fiesta que tenían montada en Graz.  Viena permanecía elegante, solemne y extremadamente silenciosa ante tan señalada fecha. ¿Qué ha quedado de los esos tiempos barrocos en los que las máscaras se apoderaban de calles y palacios?

Bueno…  algún resto queda, si entendemos por “restos” de ese insuperable glamour del siglo XVII, los bailes que por estas fechas se celebran en la ciudad; sin ir más lejos el pasado jueves tuvieron lugar dos de los más punteros: el Opernball en la Ópera y el Rosenball, en el Kursalon. En ambos hubo disfraces, más en el primero que en el segundo.

Pero hoy… nada, o casi nada: en el autobús iba sentada una chica con una nariz de ratón pintada en la cara, en la parada del tranvía 71 un chaval llevaba puesto un sombrero de vaquero, en la plaza del Hofburg un hombre vestido de esmoquin hacía cola en un cajero. ¿Acaso necesitaba dinero para pagar la entrada a algún baile que se celebrara hoy en el palacio? En fin, todo puede ser. A lo lejos, una pareja con traje de etiqueta corría para entrar en alguna de las salas. No sé qué clase de espectáculo se estaba cociendo hoy en el Hofburg, pero desde luego no debía ser nada del otro mundo comparado con los carnavales que se celebraban allí en tiempos del emperador Leopoldo. Me he parado a ver el escaparate de la lujosa pastelería Demel y he seguido mi camino.

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¿Cómo se puede sentir nostalgia de algo que no has vivido? No sé, pero esta noche, escuchando mis propios pasos en la plaza del Hofburg, me ha venido a la memoria cómo debieron ser aquellos bailes de carnaval. Y me he puesto nostálgica.

Los carnavales de 1667 se celebraron de manera fastuosa en la corte de Viena. La infanta Margarita había llegado a la capital imperial apenas dos meses atrás para casarse con el Emperador y todo lo que se hiciera para recibirla parecía poco. Cuatro bailes de carnaval tuvieron lugar en el Hofburg entre el 24 de enero y el 24 de febrero de ese año de 1667. El primero consistió en un baile de caballos y fiesta posterior en la que 66 nobles se disfrazaron con los trajes de diferentes oficios y naciones. El segundo tuvo lugar el 6 de febrero: la emperatriz Margarita lució un vestido a la alemana mientras que su esposo Leopoldo se vistió a la española… curiosa forma de “travestirse” la que eligieron los imperiales cónyuges. En el tercer festejo de 17 de febrero, una parte de la corte se disfrazó con vestimentas típicas de varios países, y la otra con atuendos más prosaicos de cocineros, granjeros y servidores. El cuarto y último baile fue organizado por la emperatriz viuda Leonor Gonzaga y en esta ocasión, además de ballet y representaciones musicales, se simuló una “comida festiva” como si se tratara de un banquete de boda pero sin serlo.

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Al tercer carnaval citado, el del día 17, acudió la embajadora de España en el Imperio, doña Teresa María De Saavedra, VII condesa de Castelar, esposa de don Baltasar Beltrán de la Cueva Enríquez de Cabrera (hermano del VIII duque de Alburquerque). Doña Teresa se disfrazó de Dürn (criada) y don Baltasar, el embajador de España, de Knecht (mozo de granja). No sé si lo pasaron bien en esa fiesta, pero sí sé que durante su embajada causaron numerosos problemas al emperador, sobre todo la embajadora, empeñada en preceder en todos los actos a la camarera mayor de Margarita, la condesa de Eril, una señora que no era precisamente  muy dócil. Con una embajadora altiva y una camarera peleona ¿Qué se podía esperar en la corte de la emperatriz mas que un continuo “Carnaval”? Por cierto, en esa fiesta de 17 de febrero del 67, mi querida Johanna, futura embajadora imperial en Madrid, se visitó de Wälsche Paurin (campesina italiana). En 1671, el conde de Castellar fue finalmente nombrado por doña Mariana de Austria virrey del Perú, y su esposa virreina. Conde y condesa mudaron de traje en las Américas, y el Emperador Leopoldo bien descansado que se quedó.

Se me ha olvidado decir que la música de los bailes de carnaval de 1667 fue compuesta por Johann Heinrich Schmelzer, músico de cámara de Leopoldo. Schmelzer creó bellísimas composiciones durante los años que Margarita vivió en Viena, entre ellos una sarabanda y unos canarios que dedicó a las damas españolas de la emperatriz, poco gustosas de lo alemán y muy amantes de lo español.

Diez años después de aquellas fanfarrias dedicadas a Margarita, Johanna Theresia de Harrach volvió a vivir los carnavales en Viena. La condesa había pasado tres años en España y volvía con ilusión a disfrutar de las mascaradas cerca de Leopoldo y su nueva esposa, Eleonora Magdalena de Neoburgo, porque la pobre Margarita, en ese año de 1677, hacía ya cinco años que descansaba en la cripta de los Capuchinos, vestida con mortaja y piel seca pegada a los huesos ¡Grotesco disfraz!

A dos fiestas acudió Johanna Theresia ese febrero de 1677. El día 19 se presentó en el palacio de los Palffy con sus hijos: Josefa llevaba un vestido de brocado a la española con falsas puntillas, un gran colgante y unos pendientes de diamantes; Carlos, su primogénito, iba disfrazado de campesino español. Durante la fiesta, Josefa mantuvo una agradable conversación en  con la embajadora de España, Ana Colonna, marquesa de los Balbases. Su hermano Carlos, en cambio, como no estaba para chácharas prefirió bailar una chacona.

A la otra fiesta fue Johanna sola, invitada por el príncipe de Dietrichstein. Se celebraba el exclusivo festejo carnavalesco nada más y nada menos que en la Prunksaal del Hofburg. Allí, en medio de salomónicas columnas y brillantes mármoles, aparecieron el emperador y la emperatriz vestidos de ¡esclavo y esclava!… Tamaña impresión debió causar a Johanna el ver a sus amos vestidos de tal guisa en medio de aquel suntuoso escenario. ¡Qué contraste! ¡Qué ingeniosa inversión de roles!

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Schmelzer volvió a animar con su música esos carnavales de 1677, desconocía  que los próximos no serían tan alegres.

En 1680 la peste azotó Viena. Los emperadores y los nobles huyeron. Aquel mes de febrero ninguna fiesta se celebró, sólo la muerte se divirtió. Los olores nauseabundos de la enfermedad se mezclaron con los de los cadáveres… efluvios pestíferos tiñeron de carroña las calles. Ese fue otro carnaval…

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Schmelzer no compuso más canciones, las flechas de la peste le alcanzaron en Praga, pues los miasmas nada entienden de ciudades, ni de músicos de emperadores.

Hoy, al contemplar bajo la luz de la luna la horripilante escultura de la columna de la peste de Viena, he pensado en el triste destino de Schmelzer, aquel rey de los carnavales que amenizó las veladas de mis queridas embajadoras. Descanse en paz y que siga el carnaval…

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  • Quiero agradecer a Alexander Sperl su ayuda con la traducción de los disfraces.
  • Recomiendo visitar las exposiciones:”Feste Feiern” en el Kunsthistoriches Museum, comisionada por Gudrun Swodoba. y “Spettacolo barocco! Triumph des Theaters” en el Theatermuseum y comisionada por Andrea Sommer-Mathis, Daniela Franke y Rudi Risatti.

 

 

 

 

Rosita de Harrach y el Christkindl

 

Joeux noelEl año pasado por estas fechas aún no tenía muy claro quién era el Christkind… Yo estaba convencida de que era el “niño Jesús” y no, resulta que el “niño Jesús” es el “Jesus Kind” y no el Christkind o Christkindl, como me insistió un día mi gran amigo Alexander.

En uno de los tradicionales mercadillos navideños de Viena, concretamente en el del Altes AKH, una amiga mía japonesa y su marido, un alemán de padres rusos, me estuvieron explicando qué era el Christkind y aún me liaron más la cabeza: resulta que el Christkind era una especie de “espíritu del niño Jesús o más bien de la Navidad” con forma de angelito con ricitos rubios y alas que llegaba volando a las casas de los niños y dejaba los regalos. El Christkind, insistía mi amiga japonesa -que sabe más del tema que los propios austriacos-, no era exactamente el niño Jesús, sino una representación suya, e incluso a veces se representaba no como un niño sino como una niña alada vestida con una túnica blanca.

Alexander, que es de Steiermark y conoce bien la tradición corroboró las palabras de mi amiga en uno de nuestros cafés, y me aseguró que el Christkind adquiría forma femenina. En fin, un lío. Además el Christkind venía la noche del 24, como Papá Noel, pero no coincidían o al menos no debían coincidir, vamos, que en las casas austriacas de verdad, Papá Noel era un “usurpador-robaprotagonismo” del Christkindl. Esta inoportuna concurrencia del tradicional espíritu del niño Jesús vestido como una niña y del recién llegado hombre de la Navidad llegado del norte-norte (cerca del Polo), estaba siendo motivo de polémica aquel año, pues los austriacos más apegados a la tradición reivindicaban a capa y espada al pobre Christkindl que, dado su espíritu etéreo, poco podía hacer contra el bonachón de Papá Noel, ataviado con un llamativo traje rojo y acompañado por toda una parafernalia de renos y ayudantes muy poco discretos.

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Este año me he fijado más en las tradiciones navideñas austriacas y he estado más atenta a todo lo relativo a la Navidad que pudiera aparecer en la documentación porque estaba muy interesada en saber más sobre cómo celebraran mis embajadoras las Navidades… y me he llevado más de una sorpresa.

Revolviendo en el archivo, la Navidad y sus personajes han ido apareciendo sin avisar, dándome algún que otro susto. El Christkindl se lleva el premio a eso de aparecer sin previo aviso. Debe ser que llega siempre sin avisar y, como dicen los padres a sus hij@s, si un@ es muy curios@, el Christkindl se esfuma; pero si no se espera, éste se presenta y te planta unos buenos regalos. Pues así me ha pasado a mí en el archivo: de repente, un día, el Christkindl ¡apareció! pero ¡donde no debía estar! ¿O sí?

Os cuento: Esa mañana cualquiera de un día cualquiera de una semana cualquiera me encontré con una carta escrita por Rosa Ángela von Harrach, la hija de Johanna Theresia, condesa de Harrach, de la que ya hemos hablado largo y tendido. La carta de la pequeña Rosa, que debía contar con 6 o 7 años de edad, estaba dirigida nada más y nada menos que ¡al Christkindl!

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Resulta sorprendente encontrarse con un tipo de documento tan entrañable… (es como si me hubiera encontrado con la carta de un niño del XVII para los Reyes Magos, porque para mí el Christkindl no significa mucho… pero los Reyes… eso es otra cosa, a esos sí que les tengo una fe tremenda porque me traen todo lo que pido y más…je, je…).

Bueno, volvamos al tema… que me llevé una gran alegría ¡la hija de Johanna Theresia escribiendo al Christkindl y pidiéndole regalillos! ¡Qué bonito! Le hice un escáner al documento y me fui tan contenta a casa. Pero ahí no acaba la cosa.

Como bien sabéis, mis embajadoras eran muy muy muy católicas: devotas de la Virgen y de todos los Santos. Johanna Theresia, la madre de Rosa, llegó a fundar en Viena el monasterio  de los Trinitarios blancos españoles en la calle Alser, era coleccionista de reliquias y se trajo de España un escaparate con un niño Jesús de procesión  que colocó en sus aposentos. Las familias nobles más cercanas al emperador Leopoldo I debían demostrar continuamente su catolicidad y su firme compromiso con el proceso Contrarreformista. Por eso, cuando en uno de mis habituales cafés con Alexander, éste me dijo que el Christkindl era protestante me quedé de piedra. -¡Pero si Rosa escribía al Christkind!!!- le respondí. -¿Es que el Christikindl era “usanza” protestante en aquella época? -Pues resulta que sí.

En la actualidad el Christkind “viene” a las casas de católicos pero en la época de mis embajadoras el niño alado era de “uso” exclusivo de protestantes ¿Cómo podía ser eso? ¡Pero si mis embajadoras eran más católicas que nadie!, o al menos, eso creía yo… En fin, aún no he resuelto el misterio de la carta de Rosa al Christkindl.

Según me contó Alexander, el Christkind fue implantado por Martín Lutero para desterrar a San Nicolás de los hogares protestantes. Nicolás era obispo de Myra pero un santo al fin y al cabo. El Christkind se ajustaba más a su espíritu reformista así que Lutero decidió que sería éste el que  visitaría a los niños protestantes y no el día 6 de diciembre como hacía Nikolaus, sino la noche del 24, coincidiendo con la Nochebuena. El Christkind no se introduciría en los países católicos hasta el siglo XIX… y la carta de Rosa está fechada aproximadamente en los años 1681-82.  ¿Cómo se había “colado” en Christkind en su familia? El hecho de que Rosa se refiera a él como el “Chrsitkindl Jesu” y no como el “Christkindl” a secas, complica aún más las cosas. El “Jesu” ¿Quizás lo hace “más católico”?… Más bien lo hace más enigmático.

A mí se me ocurre una interpretación pero si a vosotros se os ocurre otra estaré encantada de leerla.

Creo que el Christkindl de Rosa es cosa de su abuela Judith Rebecca von Lamberg (nacida Wrbna), otra de mis embajadoras (por su matrimonio con el conde de Lamberg) y madre de Johanna, la condesa de Harrach. Judith Rebecca, cuando su nieta Rosa escribió la carta, tenía unos 70 años, 57 de los cuales había vivido como católica, pero no los 13 primeros…

Judith Rebecca, la flamante abuela de Rosa, había nacido en tierras bohemias en 1612. Su padre, Georg Bruntalsky z Vrbna (Würben), era un aguerrido protestante que servía como consejero al emperador Rodolfo II. Su madre Elena von Vrbna, educó a Judith Rebecca y su hermano en la fe luterana y en ella crecieron los dos pequeños hasta que el destino truncó sus vidas. Tras la batalla de la Montaña Blanca el 8 de noviembre de 1620, Georg fue apresado y condenado a muerte. Gracias a la mediación de amigos poderosos, la pena le fue conmutada por la confiscación de gran parte de sus bienes. Casi en la miseria , el padre de Judith, falleció cuando ésta contaba con trece años de edad. Ella, su hermano y su madre tuvieron que convertirse al catolicismo e instalarse en Viena. Judith inició su nueva vida católica sirviendo en la corte imperial como dama de las archiduquesas. Su madre se volvió a casar con un noble católico y su hermano se hizo jesuita. Cuando en 1635, Judith Rebecca se casó con el conde de Lamberg, había vivido más años como protestante que como católica. ¿Hablaría a sus hijos del Christkind? y en concreto a ¿Johanna, la futura madre de Rosa? Podría ser que la creencia en el Christkind se hubiera mantenido en la familia como un rito íntimo, recluido en las esferas más domésticas y, por tanto,  apartado de la oficialidad católica que los Harrach mantenían.

Quizás las prácticas de religiosidad de estas familias que consideramos “puramente” católicas, sean mucho más complejas y estén delicadamente salpicadas por modismos de tinte luterano;  como el dulce “Christkindl Jesu” de la menor de los Harrach, que su abuela  Judith Rebecca atesoró en sus infantiles nochebuenas praguenses previas al estallido de la Guerra de los Treinta Años.  La muerte de su padre y su obligado proceso de re-catolización supuso el fin de “casi” todos sus hábitos protestantes… porque en lo más profundo del corazón de Judith, se quedó el Christkind, un recuerdo de la infancia con su padre que supo trasmitir con la discreción adecuada a su hija Johanna, y  ésta, a su pequeña Rosa.

Aquí dejo parte de la traducción de las inocentes palabras que Rosita dedicó al Chirtstkind:

“Queridísimo Christkindl Jesu: Quería pedirte un abrigo, un corpiño, encajes y medias de seda… si me traes lo que te pido, te prometo que me esforzaré todo lo que pueda en aprender a leer y escribir… Rosa de Harrach”. (La carta no la había escrito de mano propia, de ahí que prometiera al Christkindl aplicarse más en las tareas de escritura).

¿Le trajo el Christikindl lo que pedía? Nunca lo sabremos, pero sí que Rosita le escribió con su lista de regalos. Una lista, por cierto, bastante práctica. A sus cinco añitos, Rosita debía empezar a vestir como las adultas, y a este rito de paso tan importante en el crecimiento de la niña, bien podría contribuir el Christikindl con un corpiño y demás aderezos…

Ojalá, la noche de este 24 de diciembre de 2015 el Christkindl se asome a las ventanas de todos los niños del mundo, sin distinción alguna. Y que les traiga medias, abrigos, encajes y  todo lo que necesiten… todo aquello que Rosita olvidó escribir en su carta.

Para saber más: ver estudio de este documento por Gerald Theimer “Archivalen des Monats” en la web del Österreichsches Staatsarchiv (1.09.2007).

 

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