Encontrar los restos de Juanica me llevó casi dos años, y no porque fuera difícil encontrarlos, más bien todo lo contrario. Todo empezó a las pocas semanas de llegar a Viena: yo había leído en el libro de Susanne Claudine Pils que la última voluntad de Johanna Theresia había sido ser enterrada en la cripta que la familia Harrach tenía en la iglesia de los Agustinos de Viena; templo muy conocido porque allí se casó Sisí. Así que, una mañana, ni corta ni perezosa, me fui a ver si encontraba la tumba en la iglesia; la tarea no podía ser más fácil (eso pensé, muy erróneamente), sólo tenía que darme un paseíto y descubriría el epitafio: “Aquí yace Johanna Theresia, condesa de Harrach, fallecida en 1716” –. Pero nada de eso, miré en cada muro, repasé piedra a piedra el suelo de la iglesia. Allí sólo había un monumento funerario, el dedicado a la hija favorita de la emperatriz María Teresa: la archiduquesa María Cristina (1742–1798), apodada cariñosamente “Mimi”. Mimi se había casado por amor con Alberto de Sajonia, el señor que da nombre a la Albertina, esa parte del Hofburg que hoy alberga una de las mejores colecciones del mundo de acuarelas, grabados y dibujos (uno de ellos, el famoso conejo de Alberto Durero). El imponente conjunto escultórico que rinde homenaje a la archiduquesa fallecida fue encargado por el susodicho Alberto a Antonio Cánova. El monumento es impresionante, pero dentro no hay nadie: ni “Mimi”, ni, por supuesto, Juanica.

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Lo que sí descubrí en la iglesia de los Agustinos, justo al lado de la sacristía, fue un recinto cerrado por una verja donde ponía: Herzgruft (Cripta de los corazones). El nombre era muy aparente porque resulta que en ese lugar reposan los corazones de los miembros de la familia Habsburgo (luego me enteré que las vísceras estaban en las catacumbas de la catedral de San Esteban). Los cuerpos resposan – como todo el mundo sabe en Viena – en la cripta de los capuchinos. Todas estas marraneces barrocas me dan un poco de asco; pero claro, son cosas propias de la época y a mí no me toca juzgarlas. En el cartel ponía que la ‘apasionante’ cripta de los corazones se podía visitar después de la misa del domingo, por lo que me dije – Bueno, a lo mejor detrás hay una puertecita que da a otra cripta y allí está Johanna Theresia –.

Al siguiente domingo volví a la iglesia de los Augustinos con la intención de meterme en cripta de los corazones y descubrir la puerta secreta que me conduciría hasta los huesitos de Johanna. La visita era guiada y consistía en una pequeña charla sobre el origen de la Gruft; luego te dejaban ver a través de una ventanita el habitáculo donde están las urnas que contienen los corazones; no me pareció nada que valiera la pena. Y, por supuesto, de Juanica, ni rastro.

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Así que me armé de valor y pregunté a la guía si sabía dónde estaba la cripta de los Harrach. Craso error, porque la pobre señora no tenía ni idea y, lo peor, en vez de decirme simplemente que no lo sabía, fingió saberlo, me dió una respuesta que no era correcta y allí comenzó mi deambular por Viena en busca de la tumba de Juanica. Bueno, lo que la ‘marisabidilla’ me dijo fue que los Harrach no estaban en los Agustinos, sino en la Schottenkirche (la iglesia de los Escoceses) y en la iglesia de Rohrau, un pueblo a cuarenta kilómetros de Viena. Pienso que a la señora se le ocurrió decir eso símplemente porque la Schottenkirche está en frente del palacio Harrach en Viena y porque en Rohrau está uno de los palacios de la familia. Me quedé con esa ‘vaina’ en la cabeza. Creí a aquella mujer  quizás por que llevaba gafas y eso da autoridad. Bien, el siguiente paso fue ir a visitar la cripta de la iglesia de los Escoceses.

La cripta de los Escoceses se visitaba a las dos de la tarde, una hora ‘perfecta’ para una española recién llegada a Viena. La visita fue guiada y duró tres horas durante las cuales traté de encontrar a Juanica; todo fue en vano. En la cripta reposaban muchos cuerpos de renombradas familias: Zinzendorf, Porcia, Dietrichstein o Khevenhüller, pero de los Harrach ni mención. – Johanna debe estar en Rohrau –, me dije. Pero me dio pereza ir hasta ese pueblo y dejé por unos meses de buscar a la ‘muerta’ para buscar a la ‘viva’ en sus cartas y demás escritos. ¿Para qué quería saber dónde estaba? ¿No me valía con urgar en sus documentos? ¿No podía dejar a Juanica descansar en paz? La pobre debía de estar revolviéndose en la tumba sólo de pensar que una plebeya como yo estaba tocando todos sus papeles.

Pasado el tiempo volví a la carga. Un amigo de la universidad me dijo que quizás Juanica estaba durmiendo el sueño de los justos en la cripta de la iglesia de San Miguel porque allí había mucho ricachón de tiempos de los Habsburgo. – Además – me dijo mi compañero – podía ser que aquella cripta se hubiera comunicado alguna vez con la de la iglesia de los Agustinos. Esa tesis casaba muy bien con la información dada por Susanne Claudine Pils en su obra. Conseguí información de los muertos de San Miguel y, desgraciadamente, según me dijeron los que los conocían, éstos no tenían el gusto de compartir sepultura con tal egregia embajadora. Así que me quedé donde estaba.

Visité otras criptas cuyos nombres no puedo citar. Las fotos que adjunto son de una de ellas. En ninguna estaba Juanica.

Habían pasado casi dos años desde mi primera visita a la Augustinerkirche y se aproximaba el fin de mi estancia en Viena. No podía irme sin averiguar dónde estaba. Todo se resolvió al final ‘a golpe’ de mail. ¡No se cómo no se me ocurrió antes! Harta de todas esas búsquedas infructuosas que he relatado, decidí mandar un correo electrónico a los monjes Agustinos. Me contestaron muy amablemente: la cripta de los Harrach estaba en su iglesia pero en un lugar no accesible al público, en el altar. No se podía entrar en el interior pero sí  ver la losa de acceso y su inscripción. El padre agustino me invitó a ir cuando quisiera, sólo tenía que acercarme a la iglesia y pregutar por él. Fui a la semana siguiente, dije que era la chica interesada en la tumba de los Harrach, retiraron la cuerda del altar y me dejaron pasar; hice todas las fotos que pude. La lápida de los Harrach no estaba ni el lado de la epístola ni en el del evangelio: estaba justo en el centro. ¡Justo en el centro! ¡qué curioso! ¡estar enterrado en el sitio más relevante del templo y ser invisible al mismo tiempo! ¡Nadie puede ver la tumba de los Harrach a pesar de que está situada en un lugar más importante de la iglesia !

Ironías del destino. A punto de regresar a España, encontré a Juanica.

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Lápida que da acceso a la cripta de los Harrach en la Augustinerkirche.

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Altar de la iglesia de los Agustinos.

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