Quien tiene el acceso, tiene el poder… Judith Rebecca en el Alcázar

Érase una vez una niña rubita de ojos claros que nació en un palacio pletórico de obras de arte. Como en aquella época (hace muchos, muchos años…) se creía que las corrientes de aire y los aires mismos transmitían enfermedades, los padres de la pequeña y sus criados la instalaron en unas habitaciones cubiertas de tapices y le prepararon una cama protegida por una estructura de madera llamada “camón”. Cuando cumplió dos añitos, la dejaron salir de sus cuartos para que pudiera explorar el resto del palacio. Un día fue a visitar los cuartos de su padre el rey y se quedó extasiada mirando las pinturas… La niña quería mucho a su hermanastra María Teresa y a su enano Soplo, con quien bailaba el zarambeque. Y más de una vez había visto a un hombre alto y delgado, que a sus ojos parecía filiforme y cuyos bigotes le recordaban a su padre. Se hacía llamar Diego y era el que ordenaba encender su pequeña chimenea cuando ella tenía frío… su aya decía que era el aposentador de “taíta”.

¿A qué habéis adivinado quién era esta niñita? Sí, efectivamente, ¡la infanta Margarita! la niña que aparece en Las Meninas.

Unos pocos privilegiados podía visitar a la infanta en sus cuartos ubicados en el ala norte del Alcázar, entre ellos don Luis de Haro. Pero ¿a qué no os imagináis quién podía entrar en su cámara como quien no quiere la cosa…? Pistas: era extranjera, mujer y no vivía en palacio. ¿Quién era? ¡Judith Rebecca! Sí, ¿os acordáis de aquella niña praguense recatolizada en Viena que se había casado con Johann Maximilian von Lamberg en 1635?

Sí, de Praga a la cámara de la infanta hay un buen trecho…, ahora lo explico: antes de llegar a Madrid Judith Rebecca había pasado una temporada en Münster y Osnabrück. No es que hubiera ido allí de vacaciones ni nada por el estilo: la razón de aquel desplazamiento se había debido a que su marido se encontraba en aquellas ciudades negociando las Paces de Westfalia, firmadas en 1648. Allí, Johann Maximilian y Judith Rebecca habían coincidido con el conde de Peñaranda y con Diego de Saavedra y Fajardo. Aquellas amistades le rentaron al conde de Lamberg porque en 1652 el emperador Fernando III le nombró su embajador en España.

Los Lamberg y sus hijos llegaron a Madrid en 1653, cuando la infanta Margarita ya había cumplido los dos años de edad. Judith Rebecca era entonces una mujer madura de 41 años, no había pisado nunca tierras hispanas, apenas conocía el idioma y jamás se había puesto un guardainfante. Pero no creáis que todo le resultaría extraño porque las cortes eran todas muy parecidas; de todos modos, ¿cómo una persona ajena a a la cultura cortesana española podía entrar en los aposentos de una niñita que estaba protegida bajo cien puertas con todas sus llaves? Pues aunque parezca raro, Judith Rebecca franqueó todas esas puertas simplemente por el hecho de que era esposa del embajador del emperador, es decir, embajadora del Imperio (aunque sería más preciso decir “de los emperadores”, o aún más “de la emperatriz”).

Las esposas de los embajadores del emperador tenían el privilegio de entrar en los aposentos privados de la reina y de las infantas. Contaban los anales de palacio que esta costumbre se había institucionalizado en tiempos de la embajada del marqués de Grana (1641-1651); vamos, que la “tradición” (si se puede llamar así por sus pocos años) era reciente…; por supuesto, el embajador del emperador también podía entrar en los cuartos del rey.

Y claro está, si la embajadora se metía en el dormitorio de la infantita también podía circular con facilidad por las cámaras privadas de la reina y de las damas que vivían en el palacio. Y eso tenía sus ventajas… porque la infanta –con dos añitos– poco hablaba y sus gestos tampoco eran muy significativos, pero las conversaciones y los ademanes de la reina, de las mujeres de palacio o de la infante (sí, a María Teresa, la hermanastra mayor de Margarita la llamaban “en masculino” por sus derechos sucesorios ), podían resultar muy útiles para la embajada de los Lamberg.

¿Y qué había ido a negociar el conde de Lamberg a Madrid? Pues muy sencillo: por un lado, el matrimonio de la infante María Teresa con el archiduque Fernando, primogénito del emperador Fernando III, y por otro, subsidios para la guerra contra el turco. Enlaces y batallas eran los asuntos que más preocupaban a los diplomáticos de la Edad Moderna.

¿Y qué pinta la infantita Margarita en todo esto? Mucho, porque de su supervivencia dependían las relaciones de la Monarquía Hispánica con los Habsburgo austriacos. Así que Judith Rebecca von Lamberg debió de rezar más de una vez por la salud de la pequeña.

¡Qué viva la infanta Margarita! Continuará…

 

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Bibliografía:

Tercero Casado, Luis, ““Un atto tanto pregiuditiale alla mia persona”. Conflictos de precedencia entre Madrid y Viena (1648-1659)”, Ohm: Obradoiro de Historia Moderna 21, 2012, pp. 287-307.

Oliván Santaliestra, Laura,””My sister is growing up very healthy and beautiful, she loves me”: The Childhood of the Infantas María Teresa and Margarita María at Court”, en The Formation of the Child in Early Modern Spain. Editado por Grace E. Coolidge (Farnham, Ashgate, 2014), pp. 165-188.

Oliván Santaliestra, Laura, “Judith Rebecca von Wrna and Maria Sophia von Dietrichstein: Two Imperial Ambassadresses from the Kingdom of Bohemia at the Court of Madrid (1653–1674)”, Theatrum Historiae 19, 2016, pp. 95–118.

Y los archivos austriacos.

Agradecimientos a César Esponda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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