Un frío 30 de enero de 1716 Johanna Theresia Harrach, viuda de Fernando Bonaventura Harrach y ex-embajadora de España en el Imperio, sufrió un ataque de apoplejía. Con 77 años cumplidos tenía pocas posibilidades de salir con vida, aún así trató de buscar remedio y encargó a la farmacia Zum Weisen Engel, que distaba a pocos metros de su casa, una lista de remedios entre los que figuraba el ámbar gris. De nada sirvió pues apenas dos días después, el 2 de febrero de 1716, Johanna falleció en su palacio de Freyung en Viena.

En el testamento dejó escrito que la enterraran en un ataúd de cobre y con el hábito de los trinitarios blancos que desde años atrás guardaba en una de sus arcas. Su cuerpo, tal y como expresó, fue depositado en la cripta familiar de los Harrach en la iglesia de los Agustinos de Viena. Y allí yace; no así el de otra aristócrata que falleció también en Viena un cuarto de siglo más tarde (1741): Eleonora Amalia von Schwarzenberg.

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Eleonora era viuda como Johanna, había demostrado con creces su valía como administradora de sus dominios en Bohemia y tenía un hijo varón que había recibido el Toisón de Oro a la friolera edad de diez años. Sin embargo no gozó del honor de descansar eternamente junto a sus familiares en la iglesia del Hofburg. En su testamento, que posiblemente fue falsificado, dejó escrito que depositaran su cuerpo en la pequeña iglesia parroquial de Krumau, el pueblo bohemio donde tenía su castillo. Sólo el párroco, unos monaguillos y algún curioso asistieron al funeral. El banco reservado para su hijo permaneció vacío. ¿Por qué? Porque al morir, Eleonora se había convertido en un vampiro (según sus contemporáneos), cosa que no había ocurrido con Johanna, a la que los trinitarios blancos llamaban “madre amantísima”.

Johanna “la madre amantísima de los trinitarios”, y Leonore “la princesa vampira” tenían bastante en común y, sin embargo, sus respectivas memorias tuvieron destinos bien distintos.

Pero empecemos por el principio… en 1701, Eleonora Amalia von Lobkowicz se casó con Adam Franz von Schwarzenberg, ella tenía 19 años y él 21. Johanna Theresia, que por aquel entonces aún no era viuda, informó a su hijo Alioisio (embajador en España) de la celebración de aquel afamado matrimonio en Viena.

El matrimonio tuvo una hija en 1706, el año en el que murió el marido de Johanna. La condesa de Harrach se quedó viuda al tiempo que Eleonora Amalia se convirtió en madre, aunque de una niña. Aún con todo, la probada fertilidad de su vientre alimentó las esperanzas de otorgar un heredero varón a su esposo, el distinguido príncipe de Schwarzenberg.

La condesa de Harrach, al quedarse viuda, multiplicó sus actos de piedad: incrementó sus visitas a la iglesia de la Santísima Trinidad, ordenó convenientemente sus cartas-reliquia en la capilla de su palacio y rezó por sus amigas ya fallecidas, entre ellas la condesa de Trautson, otra ex-embajadora de Alemania. Johanna se volvió muy devota pero no renunció su placer matutino: el chocolate, ni tampoco al uso de todo tipo de medicinas  con el fin de conservar la salud. Múltiples perfumes empezaron a poblar las estancias de su palacio… la condesa hizo rociar sus habitaciones con jeringas llenas de aguas perfumadas, colocó búcaros rellenos de aguas de olor que ella misma confeccionaba e hizo bálsamos y ungüentos para aliviar sus males. Nada de esto era raro entre las mujeres (y los hombres) de la nobleza, que solían pasarse recetas medicinales como si de secretos se trataran. Johanna disponía de varios recetarios, entre ellos el recetario de perfumes del malogrado VII Duque de Montalto.

La condesa viuda también cultivó plantas medicinales en su jardín siguiendo los dictados de su marido fallecido, gran aficionado a la botánica, y guardó con mimo todos los manuscritos de alquimia que éste había acumulado en los últimos años de su vida. Tampoco se olvidó de conservar las cartas astrológicas de ambos que les había hecho el astrólogo Adriano Nigosanski en París en 1673. En las facturas conservadas de esos años aparece, cómo no, el ámbar gris, secreción biliar de cachalote, considerado entonces un perfume con altos poderes medicinales.

En 1711, cuando la condesa de Harrach se gastaba fortunas en chocolate con el fin de permanecer joven más tiempo, Carlos VI fue nombrado Emperador. Comenzó así la meteórica carrera de Adam von Schwarzenberg: El marido de Eleonora recibió de manos del nuevo Emperador el cargo de Gran Mariscal de palacio ese mismo año y el codiciado Toisón de Oro en 1712. Johanna fue testigo de estas mercedes, el Toisón también había adornado el pecho de su marido tiempos atrás, en 1665. La condesa de Harrach estaba en la etapa final de su vida y el matrimonio Schwarzenberg comenzaba a ascender… al príncipe le esperaba una prometedora carrera a la que su mujer podía contribuir si le daba un hijo varón.

Cuando Johanna Theresia muere en enero de 1716, Eleonora aún no había tenido a ese ansiado heredero. Hacía 10 años que había dado a luz a su hija Mariana y se estaba empezando a impacientar… En 1719 y con el fantasma de la infertilidad a sus espaldas, los Schwarzenberg recibieron una inesperada herencia: el castillo de Krumau   y sus posesiones en Bohemia. La tía de Adam, casada con el último conde de Eggenberg había muerto viuda y sin hijos, y no había dudado en hacer a su sobrino heredero universal de las posesiones de su difunto marido.

Adam reconstruyó el castillo de Krumau convirtiéndolo en lo que es hoy y se trasladó allí con su esposa e hija. Fiestas y cacerías llenaron la vida de los Schwarzenberg en su renovada residencia. Todo parecía sonreírles, pero algo torturaba a la princesa Eleonora: no se quedaba embarazada. Como otras nobles de su tiempo deseosas de cumplir con “su obligación”, Eleonora recurrió a toda clase de remedios, entre ellos consumir ámbar gris. Aunque lo que más asustó al pueblo de Krumau fue que la princesa recurrió a la leche de loba para aumentar su fertilidad.

Eleonora ordenaba ordeñar a las lobas por la noche, tarea complicada pues aullaban de manera aterradora. Entre los habitantes de Krumau pronto se difundió el rumor de que la princesa no sólo se bebía la leche de ese animal del demonio, sino también su sangre.

Krumau

La sorpresa fue mayúscula cuando la condesa con 40 años se quedó embarazada, y más aún cuando dio a luz a un hijo varón. El niño fue bautizado como Josef Adam de Schwarzenberg, corría el año 1722.

Se inició así una etapa de esplendor en la vida de los Schwarzenberg pues al año siguiente de nacer su heredero, Adam Franz fue nombrado caballerizo mayor de Carlos VI. Eleonora se hizo retratar junto a su hijo en traje de caza en 1726. La felicidad había llegado por fin al palacio de Krumau. Aunque en el pueblo de Krumau nadie pudo olvidar que la condesa había engendrado a su vástago por medios más que sospechosos.

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Por eso, cuando en 1732 el príncipe de Schwarzenberg fue alcanzado erróneamente por una bala del emperador en el transcurso de una cacería, más de uno pensó aquella desgraciada muerte era un castigo divino por las prácticas demoníacas de su esposa. Carlos VI, llevado por la culpa, concedió a la viuda princesa de Schwarzenberg una pensión de nada más y nada menos que 5.000 florines. Además concedió a su hijo de diez años el Toisón de Oro que ya había recibido su padre en 1712. Josef Adam se quedó en Viena bajo el amparo de Carlos VI.

Eleonora se refugió en su palacio de Krumau. Desde allí administró los territorios de su difunto marido con suma inteligencia y buen hacer hasta que una extraña enfermedad empezó a perturbar sus noches… Eleonora se sentía agotada, dolorida, aquejada de un mal que ningún médico acertaba a diagnosticar. Gran aficionada a las recetas médicas, como Johanna, se gastó su pensión en comprar grandes cantidades de sustancias profilácticas con el fin de elaborar ella misma sus propios remedios. Aconsejada por uno de sus galenos, comenzó a fumar tabaco y volvió a consumir ámbar gris.

Delgada y pálida como una muerta, la condesa empezó a pasar las noches en vela. Las ventanas del imponente castillo de Krumau se iluminaban por la noche con las velas que la princesa encendía en medio de pesadillas y sudores fríos. Sus vasallos dedujeron que su señora no había contraído una enfermedad cualquiera… su mal sólo podía ser de origen vampírico. La propia Eleonora empezó a creer que estaba vampirizada y que a su muerte se convertiría en una vampira.

Los habitantes de Krumau creían firmemente en los vampiros. Los vampiros eran muertos vivientes que salían de sus tumbas para vampirizar a vivos que morirían en una profunda agonía y que a su vez se convertirían en nuevos vampiros. Para neutralizar a los vampiros había que realizar un ritual específico a los cadáveres vampirizados: se les cortaba la cabeza y se colocaba entre sus piernas, luego se les ponía una piedra en la boca para que no pudieran morder a otros cadáveres, después se les clavaba una estaca en el corazón, y finalmente se les ponían grandes piedras sobre las extremidades para que quedaran totalmente inmovilizados. Por supuesto, se les enterraba a las afueras de los pueblos, nunca en sagrado. La creencia en estos seres se había extendido por  Europa central desde principios de aquel siglo XVIII, hasta el punto de que la palabra vampiro había aparecido por primera vez en un diccionario alemán en 1732, seis años antes de que Eleonora contrajera su enfermedad.

El comportamiento de Eleonora se volvió cada vez más excéntrico. Dejó apartados sus trajes de viuda y empezó a vestirse con lujosos vestidos para recibir a médicos y nigromantes. Su cuerpo cadavérico envuelto en sedas y terciopelos de colores debió espantar a más de uno. Sus criados observaron cómo su señora escondía entre los muebles trozos de papel con signos y conjuros de dudoso origen. ¿Acaso la princesa era una bruja? Una factura de Eleonora fechada el 30 de abril (noche de las brujas) de 1739, conservada en el archivo de Krumau, contiene más de sesenta preparaciones que debió utilizar la princesa con el fin de frenar su dolencia. Los médicos que la atendían en Krumau sólo acertaban a practicarle sangrías que sólo hacían palidecer aún más su rostro.

Alarmado por los rumores que llegaban de Krumlov acerca de la enfermedad vampírica de la princesa viuda de Schwarzenberg, Carlos VI envió a su médico personal: Gerstoff, especializado en casos vampíricos. Gerstoff visitó a la enferma y ordenó su traslado a Viena con el fin de que ésta recibiera el tratamiento adecuado. Eleonora se instaló en su palacio vienés (ver imágenes) y allí murió el 4 de mayo de 1741, quizás como Johanna, utilizando el ámbar gris como remedio.

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A las pocas horas de su muerte, se le practicó una autopsia, algo nada habitual entre la nobleza. Los médicos que la practicaron cobraron un dineral por miedo al contagio. El objetivo de abrir su cuerpo no fue tanto averiguar la causa de la muerte (de la que estaban bastante seguros) sino practicar el rito contra los vampiros de manera más elegante. Cortar la cabeza a la princesa y colocarla entre sus piernas no habría resultado demasiado decente para una noble de la familia Schwarzenberg, por muy vampira que fuera.

Inmediatamente después de la autopsia, el cadáver salió en carruaje hacia Krumau. El cochero que portaba el cadáver hizo correr a los caballos para que llegaran lo más rápidamente posible a su destino. La muerta Eleonora viajó deprisa hacia su destino final: Krumau y no los Agustinos de Viena, donde reposaba la condesa de Harrach.

El entierro se celebró de noche en la iglesia parroquial de San Vito. Los habitantes de Krumau portaron antorchas y rezaron por el alma de la que seguramente era una vampira. No sabían que los familiares de la muerta habían dejado estipulado que su ataúd se rellenara de tierra sagrada y que su cuerpo fuera empalado. Parece que todas las precauciones fueron pocas para que Eleonora no saliera de su tumba. Su retrato también sufrió una decapitación póstuma: su cabeza fue recortada.

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El pánico se desató en el pequeño pueblo de Bohemia tras la muerte de Eleonora. Los ritos contra los vampiros proliferaron desatando una verdadera fiebre profanadora. Numerosos cadáveres fueron quemados, sepultados con grandes piedras y decapitados. La locura fue tal que en 1755 la emperatriz María Teresa tuvo que enviar una comisión de investigación a Bohemia para determinar si existían o no los vampiros. Los médicos investigadores del caso llegaron a la sabia conclusión de que los vampiros nunca habían existido. Pero ya era demasiado tarde para Eleonora que, para los habitantes de Krumau y el resto de Bohemia, siguió siendo la princesa vampira.

Tal fue la fama de Eleonora que su historia inspiró el poema Lenore (1773) de Gottfried August Bürger. Lenore es una novia que, desesperada por la muerte de su prometido en la guerra de los Siete Años, reniega de Dios. Su prometido regresa en forma de muerto viviente y se la lleva cabalgando hasta Bohemia; allí llegan a un cementerio donde los muertos (vampiros) los reciben. Lenore se convierte en uno de ellos.

El poema fue seguramente leído por Bram Stoker. Las huellas de Eleonora también aparecen en su novela Drácula. Stoker pensó en iniciar Dracula con un ataque de vampiros en un cementerio donde una princesa austriaca vampira se levanta de su tumba; junto a ella aparece un lobo. La referencia a Eleonora es bastante clara. Detrás de la tumba de la princesa ponía, según Stoker: “Los muertos viajan deprisa”, un verso del poema Lenore de Gottfried August Bürger. Tan deprisa como viajó la muerta Elonora von Schwarzenberg de Viena a Krumau.

Johanna Theresia fue una muerta muy distinta a Elonore. Vestida con su hábito, viajó despacio y solemnemente hacia la cripta de los Agustinos. Quién sabe qué hubiera pasado si en vez de morir en apenas dos días hubiera contraído el cáncer de cérvix que acabó lentamente con la vida de la princesa Eleonora. Los años de agonía y el desespero por encontrar una cura fueron claves para ser declarada vampira.

El ámbar gris servía para todo y para nada. No curó la apoplejía de la condesa de Harrach, tampoco el cáncer de la princesa de Schwarzenberg. Eso sí, debió procurarles buen olor y la dulce sensación de una pronta sanación.

Bibliografía:

  • Archivos vieneses.
  • Die Vampir Prinzessin, Ein film von Klaus T. Steindl und Andreas Sulzer, Bundesministerium für Unterricht, Kunst und Kultur. Österreich. (Agradezco mucho a Alexander Sperl el haberme facilitado este interesantísimo documental)
  • http://www.zdf.de/terra-x/die-unheimliche-fuerstin-5247700.html
  • Oliván, Laura: “Johanna Theresia Lamberg (1639-1716): the Countess of Harrach and the cultivation of the body in Madrid and Vienna” en Joan Lluís Palos y Magdalena Sánchez (eds.):Early Modern Dynastic Marriages and Cultural Transfer, Ashgate, 2016.