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Durante el transcurso de una entrevista, Helga Weiss, una señora checa de 86 que pasó tres años de su infancia presa en varios campos de concentración, respondió de manera bastante breve a la pregunta: “¿Qué le hace feliz en la vida?”. La afable anciana acertó a decir: “Tener familia y amigos”, acto seguido unas lágrimas de emoción asomaron a sus ojos. Helga es conocida por el diario que escribió durante su cautiverio en Terezín y por los dibujos que allí realizó, estremecedores testimonios gráficos de lo que nunca debió suceder. Su padre, que moriría gaseado, le dijo: “Pinta lo que veas”, y Helga obedeció.

Terezín es un pueblo de la República Checa que se encuentra a una hora de autobús de Praga. Fundado por la emperatriz María Teresa en el siglo XVIII, se compone de dos fortalezas militares: una grande donde los soldados se agrupaban en diversos cuarteles repartidos en los alrededores de una gran plaza, y otra pequeña que sirvió en la época de prisión militar. Allí fue a parar en 1914 Gavrilo Princip, perpetrador del atentado de Sarajevo. Princip falleció cuatro años después de su encarcelamiento tras  amputarle una pierna por gangrena. Por aquel entonces la fortaleza grande albergaba un pueblo más o menos normal donde vivían civiles y militares. Unos años más tarde, concretamente en 1941, Terezín y sus dos fortalezas pasaron a engrosar la larga lista de puntos negros del nacionalsocialismo.

Tras ocupar la República Checa y convertirla en el Protectorado de Moravia y Bohemia, los nazis iniciaron las deportaciones en masa de judíos y eligieron Terezín para crear un gueto “modélico” en el sentido más irónico de la palabra, porque los nazis utilizaron el pueblo para representar una esperpéntica pantomima con motivo de una visita de la Cruz Roja Internacional; incluso filmaron un video propagandístico donde se obligó a sonreír a niños y adultos con promesas vanas de libertad.

Pero Terezín distaba mucho de ser lo que la Cruz Roja, inocentemente, o quizás no tanto, se “tragó”. Las familias vivían separadas; niños, hombres y mujeres estaban sometidos a trabajos forzados, las condiciones sanitarias eran inexistentes: el tifus campó a sus anchas y una aguda encefalitis se llevó a la tumba a cientos de prisioneros. 17000 personas llegaron a malvivir a la vez en Terezín cuando el pueblo estaba preparado sólo para 7000. Helga Weiss pasó en Terezín 3 años hasta que un día le hicieron subir a un tren atestado de mujeres y niños como ella (tenía 14 años) con parada en Auschwitz. Antes de abandonar aquel pueblo-prisión, Helga entregó sus dibujos y su diario a su tío. Él lo escondió entre las paredes de uno de los cuarteles de Terezín hasta el final de la guerra. Gracias a este gesto, el testimonio de esta niña ha llegado hasta nuestros días. De los 15000 niños que salieron de Terezín en diferentes transportes con destino al infierno, sólo 100 regresaron y Helga fue uno de ellos. 

Quizás los lector@s se pregunten qué tiene que ver toda esta historia de Terezín y los dibujos de Helga con las embajadoras del Imperio en el siglo XVII. Pues resulta que tiene que ver y mucho…

El verano pasado andaba yo buscando la biblioteca de la condesa Johanna Theresia von Harrach, embajadora del Imperio en Madrid entre los años 1673 y 1676. Sabía que en su testamento, Johanna había dejado sus libros en castellano a su hija Josefa. Josefa sabía hablar, leer y hasta cantar en español; lo que animó a su madre a legar aquella colección a su primogénita.

Josefa recibió aquellos libros en 1716 cuando su madre falleció. Como estaba casada con el conde de Kuenburg, familia originaria de Salzburgo pero con importantes propiedades en la República Checa, la colección fue a parar a uno de sus palacetes checos: Mladá Vozice, donde Josefa debió residir algún tiempo. En aquel elegante edificio fue descubierta biblioteca a finales de los cincuenta del siglo XX. Lo más llamativo de aquella biblioteca recién descubierta fue el manuscrito de la obra de Calderón: Eco y Narciso, firmado por el mismo autor. Todo un hallazgo.

En el año 2005, Robert Archer fue a Malá Vozice a estudiar la biblioteca. Realizó un estupendo inventario de las obras y publicó un capítulo con los resultados de sus investigaciones en el que indicaba que las obras tenían ex-libris. Yo quería ir a toda costa a Mladá Vozice a ver esos libros. Pregunté entre mis contactos checos y me dijeron que la biblioteca ya no estaba en el pequeño palacete de la familia Kuenburg sino en un pueblo llamado Terezín (Theresienstadt en alemán) del que yo nunca había oído hablar. Desde entonces hasta ahora he estado dos veces en Terezín.

Mi primera visita a Terezín fue en noviembre el año pasado y me acompañaba una amiga. Quedamos con el bibliotecario de Terezín en la estación de autobuses. Yo ya me había documentado y sabía que el pueblo tenía al lado un campo de concentración y, efectivamente, antes de llegar al pueblo apareció ante nuestros ojos un gran cementerio delante de una pequeña fortaleza. El autobús sin embargo se metió en otra fortaleza más grande, donde estaba el pueblo. Bajamos en una  gran plaza que estaba completamente vacía. La atravesamos junto al bibliotecario y éste nos explicó que el gran edificio que teníamos al lado era un sanatorio donde estaban internos enfermos mentales… vaya, qué triste, pensé. Seguimos adelante y llegamos a un edificio completamente renovado donde se encontraba la biblioteca. El bibliotecario nos dejó subir a las dos hasta el depósito. Recorrimos largos pasillos recién pintados y nos subimos a un ascensor modernísimo que hablaba y todo -“primer piso”- decía, -“segundo piso”- etc.. se abrió el ascensor y nos metimos en una habitación donde estaban todos los libros en estanterías móviles. Llevábamos una larga lista y el bibliotecario, pacientemente, nos sacó todos los libros pedidos, los puso encima de una mesita con ruedas y nos acompañó a la sala de lectura que estaba en el entresuelo. La sala era estupenda, toda nueva y con mesas grandes. Además podíamos hacer todas las fotos que quisiéramos. ¡Estupendo!

Mi amiga y yo no podíamos estar más contentas. Empezamos a ojear los ejemplares, a cual más interesante: allí estaban los manuscritos de las obras teatrales de Calderón, encuadernadas en ediciones de lujo que sólo una mujer como la condesa de Harrach podía haber atesorado. Los títulos de los impresos no eran menos importantes: 53 libros de los cuales 27 eran devocionarios, vidas de santos o de tema religioso; 6 de literatura española: dos Quijotes de Cervantes (1647 y 1671), el Poema Trágico de Céspedes y Meneses, un poemario de Sor Juana Inés de la Cruz, El Parnaso de Quevedo y un epistolario de Santa Teresa. Además, tenía había una Descripción del mundo y un libro del Juego de Damas. Pero lo más fascinante eran las 186 obras de teatro español repartidas en 15 tomos. Una biblioteca como aquella en ese pueblo… era increíble. En uno de los ejemplares apareció una hojita seca… frágil, menuda, pero centenaria. Me inspiró respeto, apenas la toqué.

Hicimos un descanso para comer, llevábamos un par de bocadillos y salimos a la plaza a comérnoslos. La plaza estaba vacía… bueno, vimos pasear a un par de locos que hablaban solos. Seguimos comiéndonos nuestros bocadillos. Era noviembre y hacía frío pero estábamos tan contentas con nuestro descubrimiento que  ni nos enteramos de la adversa climatología. Eso sí, nos acercamos a tomar un café a una cafetería que había detrás un edificio que ponía “Memorial” y que adivinamos que sería algún museo dedicado a los judíos del campo de concentración cercano. Entonces no sabíamos que el pueblo también había sido gueto-prisión. La cafetería era coqueta, pequeña y agradable, nos dieron un buen café con leche acompañado de una galletita envuelta en papel transparente con una notita en la que ponía que había sido elaborada por los internos en el manicomio del pueblo; junto a la nota había una foto del enfermo que había hecho la galleta. “Qué tierno”, pensé en ese momento. El café nos sentó de maravilla, estábamos muy animadas. Volvimos con los libros a terminar la tarea.

A eso de las cinco de la tarde, recogimos nuestras cosas, salimos del edificio y regresamos a la plaza de Terezín para coger el autobús de vuelta a Praga. Fue entonces cuando me fijé en una rosa, una única rosa que valientemente había salido en aquella desoladora plaza. Me pareció hermosa… qué curioso, una rosa solitaria en medio de un paraje tan estéril y en pleno mes de noviembre… Le hice una foto. Al poco llegó el autobús. Nos subimos, vimos alejarse la fortaleza grande, luego el cementerio que precedía a la fortaleza pequeña. Se fueron sucediendo los campos invernales y llegamos a Praga contentas y satisfechas; yo un poco intrigada por el extraño ambiente de Terezín… aquellos edificios destartalados, la plaza fantasmagórica, la casa donde ponía “Memorial”, y ese extraño sanatorio donde se hacían galletitas para acompañar el café. Bueno, volveré, me dije. Aún me quedaban libros por consultar.

Mi vuelta a Terezín ha sido este pasado mes de mayo. La historia se repitió: fui a la estación de autobuses (esta vez no me acompañaba mi amiga). Cogí el autobús con el bibliotecario, llegamos a Terezín y atravesamos la plaza. Esta vez había más gente. En el autobús había turistas que había venido a visitar el campo y el pueblo. Entramos en el edificio donde se almacenaban los libros. Le dije al bibliotecario que el sitio estaba estupendamente restaurado y me respondió que había sido un antiguo cuartel del siglo XVIII donde habían vivido soldados. Pasé la mañana con los libros: esta vez estuve estudiando varios devocionarios minúsculos que la condesa leía en la cama antes de levantarse o al acostarse. Me encantaron…Volví a revisar las obras de teatro, La vida de Magdalena de Pazzis que había pertenecido a la madre de Johanna, y los dos Quijotes. También me detuve a contemplar y medir el señalador de libros que la propia condesa había fabricado para no perderse en sus ratos de lectura.

Terminé pronto y me fui a comer a la plaza una ensalada empaquetada que había comprado en la estación de Praga. La plaza estaba más concurrida que la vez pasada: una pareja de turistas americanos entrados en años pero muy ágiles se sentaron en un banco cercano al mío. -“Esos han venido a ver el campo de concentración”- pensé. En medio de la plaza un grupo de estudiantes de instituto hacían sus gamberras habituales: -“Esos han venido a visitar el campo con sus pobres profesores, pero no sé qué hacen en el pueblo tanto rato”. Por delante de mí pasó una mujer toda despeinada, vestida con una especie de bata y zapatillas de andar por casa. Iba hablando sola.

Faltaba hora y media para que saliera el autobús. Estaba sola y cuando uno está solo está más propenso a la melancolía. Entonces tuve la “feliz idea” de visitar mejor aquel extraño pueblo. Me acerqué a un edificio que estaba en frente del sanatorio: en un cartel ponía que allí se habían ensayado los conciertos celebrados por los judíos de Terezín. Sabía que el gueto había tenido cierta vida cultural: teatro y conciertos, pues allí se habían concentrado familias de intelectuales, músicos y literatos. De ahí me fui al edificio donde ponía Memorial y entré. Era un museo del gueto de Terezín. Pasé a la primera sala: dibujos de niños por todas partes. Oh! terrible. La mayoría de esos niños habían acabado gaseados en Auswitz. Me empecé a sentir mal pero seguí visitando el museo: muñecos de aquellos niños, libros infantiles, fotografías del horror nazi… fui rápido. No es que no estuviera ducha en estos temas (ya conocía el campo de Mauthausen) pero es que los dibujos de esos niños… me provocaron la náusea. Salí algo perturbada del museo. La entrada me valía también para visitar la fortaleza pequeña, donde estaba el campo de concentración y la prisión. Me dirigí hacia allí. Estaba lejos, tenía que salir del pueblo y atravesar la carretera. Hacía un calor inusitado para esa época del año… como de agosto. Me costó llegar. Pasé delante del cementerio y entré en el campo, a la izquierda estaba rotulada aquella terrible frase que daba entrada a todos los campos de concentración. Pasé por debajo del macabro cartel: allí estaban los barracones, descuidados… horrorosos. También las celdas del siglo XVIII, en una de ellas había muerto Gavrilo Princip. Todo era calor, polvo, telarañas… hice algunas fotos. Había mucho que ver pero no quise ver más. Salí medio corriendo… los dibujos de los niños me habían dejado muy afectada.

Volví a la plaza, quedaba un ratito para que saliera el autobús y se me ocurrió buscar la rosa que había visto en noviembre; busqué, busqué… pero no estaba… -“Qué pueblo tan extraño éste donde no florecen las rosas en mayo… ¿Qué habrá sido de esa valiente rosa que se había atrevido a salir en noviembre cuando yo estaba tan contenta de haber encontrado la biblioteca de la condesa de Harrach?”-. La rosa de Terezín había desaparecido. Eso me dejó aún más triste. Regresé a Praga alterada, nerviosa, con un cansancio que no podía achacarse al día de calor o al trabajo. Había visto la parte más oscura de Terezín. Ahora sí que no podía entender por qué habían puesto allí un hospital para enfermos mentales. Me estremecí. Terezín está impregnada de sufrimiento. Decidí leer el diario de Helga Weiss y me enteré de lo que había sido aquel pueblo. Entendí por qué las rosas son reacias a florecer en aquella plaza. Pero yo había visto una en noviembre…

Esa rosa que en mayo ya no estaba significa para mí muchas cosas.

Resulta grotesco que la valiosa biblioteca de la condesa de Harrach con obras maestras de la literatura española que fueron escritas para divertir a sus lectores y reír a carcajadas (como las comedias de Calderón o El Quijote de Cervantes), estén atesoradas en un lugar cargado de dolor y donde la locura aún atraviesa sus calles…

Aquella rosa invernal simboliza para mí la belleza de la biblioteca de la condesa de Harrach y la valentía de Helga Weiss.

Durante la época en la que Terezín fue un execrable gueto dirigido por los nazis, los judíos allí recluidos trataron de encontrar maneras de ser libres, de sentirse seres humanos. Los habitantes organizaban conciertos, escribían poemas, declamaban sobre escenarios teatrales; los niños dibujaban, pintaban y escribían diarios. No, el trabajo no les hacía libres, lo que les hacía libres era el arte. El arte que ahora ha vuelto a Terezín con el genio de Calderón y la pluma de Cervantes, literatura barroca que quizás logre equilibrar la amargura de su pasado.

Sí, la memoria debe permanecer viva… la memoria de Helga, pero también la memoria de los libros de la condesa de Harrach. Quién me iba a decir que el destino de una embajadora del siglo XVII se cruzaría con el de una niña que vivió el horror nazi. Espero que en noviembre las rosas vuelvan a crecer en Terezín. Dos mejor que una. Por Johanna y por Helga.

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Agradezco mucho a Pavel Marek su ayuda en la búsqueda de esta biblioteca. Mis agradecimientos también al bibliotecario Radim Němeček y a la investigadora doctora Jaroslava Kašparová. Y por supuesto al profesor Robert Archer que me mandó su publicación sobre esta biblioteca y me mandó toda la información sobre el contenido de la misma, ver: Robert Archer: “Dos bibliotecas españolas de mujeres en Bohemia (siglos XVI y XVII)”, en: Dones i literatura: entre l’Edat Mitjana i el Renaixement / coord. por Ricardo Bellveser, 2012, págs. 831-912.

Recomiendo también: Robert Archer, Jaroslava Kašparová y Pavel Marek (eds): Bohemia hispánica. Fondos españoles de los siglos XV a XVII, Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, Barcelona 2013.

Helga Weiss: El Diario De Helga. Testimonio De Una Niña En Un Campo De Concentración, Sexto Piso Realidades, 2013.