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Abraham de Wicquefort, escribió en 1681 que el ceremonial jugaba un rol esencial en la embajada. Efectivamente, cuando el célebre diplomático holandés hizo esta afirmación, el ceremonial de los embajadores se había convertido pieza clave de la representación diplomática.

El ceremonial era muy importante, sin embargo en la corte de Madrid no existía una normativa claramente definida que regulara el tratamiento, entrada, recibimiento del embajador. El ceremonial que seguían los embajadores se basaba, por un lado, en la norma generalmente aceptada de que el “inferior” debía ceder el paso o dar la precedencia (o dar la mano derecha) al “superior”. (Por ejemplo, en la corte de Madrid, el nuncio y el embajador del Imperio tenía la precedencia por encima de los demás embajadores). Y, por otro lado, el ceremonial del embajador se regía por la costumbre: los privilegios ceremoniales obtenidos por un embajador en el trascurso de su embajada sentaban precedente (fue el caso del marqués de Grana). Su sucesor en la embajada debía conservar estos privilegios ceremoniales, no perderlos y procurar ganar derechos nuevos.

Sin embargo, no me ocuparé aquí de los problemas ceremoniales de los embajadores del Imperio sino de los de sus esposas, las llamadas “embajadoras”. Los conflictos de precedencia que las embajadoras tuvieron con la camarera mayor de la reina en la segunda mitad del siglo XVII nos ayudan a comprender mejor el funcionamiento de la diplomacia imperial en la corte de Madrid.
Tras las paces de Westfalia, las esposas de los embajadores cobraron protagonismo en las cortes europeas y este reconocimiento les llevó a reclamar derechos ceremoniales.

Como figuras relativamente “nuevas”, las embajadoras del Imperio tuvieron que integrarse en el ceremonial que regía la Casa de las reinas. Esta nueva circunstancia provocó que las embajadoras tuvieran conflictos de precedencia, no con otras embajadoras, sino con las mujeres que servían a la soberana, en concreto con la mujer más importante de la misma: La Camarera Mayor de la reina.
La Camarera Mayor de la reina era una mujer viuda que debía servir en todo momento a la soberana; su oficio y el ceremonial que lo acompañaba estaba escrito en las etiquetas. Su cargo, además, no sólo era de servicio, sino que también tenía un cariz político, ya que al estar cerca de la soberana podía influir en ella. La embajadora aspiraba a lo mismo para favorecer los negocios diplomáticos de su esposo; de ahí que la disputa de la precedencia tuviera un trasfondo político.
Como representante de la majestad de la emperatriz, la embajadora consideraba que debía estar por encima de la Camarera Mayor. Estos conflictos entre la camarera y la embajadora se sucedieron en la corte de Madrid hasta mediados del siglo XVIII, cuando el ceremonial de las embajadoras quedó asentado en las cortes europeas.

La embajadora que inauguró estos conflictos de precedencia fue la condesa de Lamberg: en el otoño de 1653 acudió a una comedia en la corte y se le concedió la precedencia con respecto a la camarera mayor de la reina doña Mariana de Austria. Esta precedencia no se continuó, pues en el invierno de ese mismo año, la camarera mayor le quitó la precedencia a la embajadora. Humillada, la embajadora le comunicó el incidente a su marido, que emitió un memorial al rey Felipe IV protestando por el trato que se había dado a su esposa. Argumentaba el conde de Lamberg, que en tiempos de la emperatriz María, en la corte de Viena, la camarera mayor de la emperatriz nunca había precedido a la embajadora de España en Viena y que ese mismo trato de igualdad debía darse ahora a la embajadora del Imperio en Madrid. Lamberg añadió que la predecesora de su mujer en la embajada, la marquesa de Grana, había tenido la precedencia frente a la camarera mayor de la reina Isabel de Borbón.

El conflicto de precedencias de la embajadora y las demandas de Lamberg, se produjeron en un momento delicado: en julio del 54 falleció Fernando IV, el sucesor de Fernando III. Leopoldo I, su hermano, fue coronado rey de Hungría en 1655, Fernando III necesitaba apoyos para asegurar la sucesión en su hijo Leopoldo, entre ellos, los de Felipe IV. Felipe IV no quiso ceder en el asunto de las precedencias y en 1655 resolvió el conflicto dando la razón a la camarera mayor: respondió a Lamberg que la camarera mayor, para mejor servir a la soberana, tenía que estar cerca de ella. (Noviembre del 55). Lamberg insistió en la necesidad de reconocer la precedencia a su mujer porque de otra manera se atacaba a la dignidad imperial y que de ello se sacarían “infinitas consecuencias”. En el 57 falleció Fernando III y Leopoldo I le sucedió en el trono imperial; recién ascendido, el nuevo emperador se plegó a los dictados diplomáticos de su tío Felipe IV, y, por ello, no volvió a reclamar la precedencia de su embajadora; aceptó, en cambio, que la embajadora de España en Viena precediera a la primera dama de la emperatriz.

La condesa de Pötting, en 1663 tuvo más suerte. Los condes de Pötting llegaron a Madrid para negociar el matrimonio de la infanta Margarita con Leopoldo. El rey Felipe IV se mostró muy proclive a cumplir con las propuestas diplomáticas del conde de Pötting, por tanto, en la primera audiencia pública que tuvo la embajadora, la camarera mayor excusó su presencia fingiendo un catarro, según se lo había ordenado Felipe IV. La muerte de Felipe IV (1665) y el ascenso de Mariana de Austria a regente de la monarquía durante la minoría de edad de su hijo Carlos II, abrió una nueva etapa en el conflicto de precedencias. La casa de la reina y las mujeres que la componían ganaron poder en la corte. La boda de la infanta Margarita que estaba negociando el conde de Pötting comenzó a peligrar pues la infanta tenía derechos sucesorios y el rey niño Carlos II sólo tenía cuatro años. La embajadora, la condesa de Pötting, trató de acercarse más la reina pero sin éxito. Un nuevo conflicto de precedencias se generó en la Casa de la reina pero no entre la embajadora y la camarera, sino entre la Camarera y el aya. Ambas mujeres eran representantes de distintas facciones que se disputaban el poder en la corte de Madrid.
En estos tiempos convulsos, doña Mariana, en contra de las etiquetas y de la resolución del Consejo de Estado, otorgó la precedencia al aya de Carlos II, con la que mantenía una estrecha amistad política y personal; dejando a la camarera y a la embajadora en un segundo plano. El aya lideraba la facción del valido de la reina: Nithard.

El embajador imperial, el conde de Pötting, logró finalmente concluir la boda de Margarita con Leopoldo I. A finales de 1666 llegó la infanta a Viena. Margarita dio la precedencia en Viena a su embajadora frente a su camarera mayor, tal y como se lo había pedido su madre doña Mariana. Fue entonces, en 1667, cuando el conde de Pötting, a instancias del emperador Leopoldo I, reclamó la precedencia para su esposa en la corte de Madrid, sin éxito. Pötting no gozaba del favor de la reina, de ahí que doña Mariana no otorgara la precedencia a la condesa y mantuviera la precedencia de el aya.

Las cosas cambiaron en 1673 cuando llegó a Madrid el conde de Harrach y su esposa para sustituir al matrimonio Pötting. Doña Mariana de Austria era muy amiga de la condesa de Harrach, Juana Teresa (había sido su dama en tiempos de juventud) por lo que en su primera audiencia pública le dio la precedencia ordenando a la camarera que fingiera estar enferma ese día. Estos privilegios ceremoniales fueron bien aprovechados políticamente por la condesa de Harrach. En las siguientes ceremonias no tenemos constancia de que el conde de Harrach reclamara la precedencia de su mujer, seguramente porque doña Mariana le dio la precedencia a Juana Teresa siempre que pudo. Además, la camarera mayor, la marquesa de Villanueva de la Valdueza tenía una buena relación personal y política con la condesa de Harrach, lo que quizás propició esta buena sintonía y equilibrio ceremonial entre 1673 y 1676, fecha del fin de la embajada de la condesa de Harrach.

Las siguientes embajadoras, las condesas de Trautson y Mansfeld, tuvieron que hacer frente a circunstancias adversas: El exilio de doña Mariana en Toledo y la posterior llegada de María Luisa de Orleáns a la corte, les impidió siquiera luchar por la precedencia. La condesa Lobkowicz (anterior condesa de Pötting), en los años 90, en cambio, fue muy bien recibida en la corte de Madrid, aunque el deterioro de la labor diplomática de su marido (luchaba por la candidatura del Emperador en la cuestión sucesoria), provocó que, poco a poco, perdiera estos privilegios ceremoniales de los que había disfrutado en su entrada pública. La reina Mariana de Neoburgo, concedió siempre la mano derecha a su camarera mayor, la poderosa condesa de Berlips.

Similar destino tuvo la segunda condesa de Harrach, María Cecilia, a la que la reina trató con poca condescendencia. El poco éxito de Luis Harrach en la corte de Madrid fue reflejo de esta desatención ceremonial brindada a la embajadora del Imperio entre los años 1698 y 1699. Sin embargo, tras la caída de la condesa de Berlips y los cambios en la casa de la reina acontecidos en el siglo XVIII (llegaron los borbones), la figura de la embajadora vio su poder ceremonial, por fin, asentado en la corte de Madrid.

Efectivamente, como afirma Luis Tercero Casado, estos conflictos de precedencia son barómetros que miden las relaciones diplomáticas entre la monarquía española y el Imperio. En muchas ocasiones son reflejo de las desavenencias políticas entre estas dos potencias tras las paces de Westfalia, pero no sólo, pues desvelan muchos secretos del funcionamiento de la diplomacia en aquella época y de las relaciones que se establecían entre el ceremonial y la política.

El hecho de que la embajadora reclamara la precedencia indica que:
– En las embajadas de la edad moderna, conseguir privilegios ceremoniales como la precedencia, no sólo era reflejo de buenas relaciones diplomáticas sino que era causa de las mismas. Si la embajadora conseguía la precedencia, su marido tenía más asegurado el éxito de su embajada. El ceremonial tenía un gran poder sobre el imaginario.
-La embajadora, como su marido, representaba la política imperial, por lo que su humillación ceremonial era grave asunto diplomático que afectaba al prestigio del emperador.
-La embajadora utilizó todos los recursos que tuvo a su alcance para conseguir la precedencia. En muchas ocasiones, la relación personal con la reina o la de su esposo con el rey era determinante. Ya que, en última instancia, los soberanos eran los que decidían quién debía tener la precedencia, saltándose las normas, las etiquetas y las costumbres cuando lo consideraba oportuno.

Por eso, que la reina o el rey resolvieran el conflicto indica que:
-El rey o la reina no eran “prisioneros de la ceremonia” sino modeladores y “hacedores” de la misma; el ceremonial estaba a su servicio y no ellos al servicio del ceremonial. Al menos en el conflicto de precedencias entre la camarera y la embajadora imperial.
-Para “saltarse la etiqueta y las costumbres” los reyes tenían en cuenta múltiples factores de gran calado diplomático como las relaciones políticas mantenidas con el emperador. En función de cómo estaban estas relaciones, se atrevían más o menos a contravenir las etiquetas de palacio; pues este cambio en el ceremonial podía traer graves consecuencias a nivel internacional.

En definitiva:
– El ceremonial de embajada era tan fluctuante como las propias relaciones entre potencias, de ahí que no existieran etiquetas escritas relativas al ceremonial de los embajadores.
-El ceremonial no sólo confirmaba el poder de un soberano en otra corte sino que ayudaba a conseguir esta confirmación, es decir, el ceremonial no sólo confirmaba un poder ya adquirido, sino que propiciaba la adquisición de un poder quizás aún no conseguido.
-Es de todos sabido que en la corte existía poca diferencia entre el ser y el parecer; para llegar a “ser” era importante “parecer”. Los embajadores reclamaron derechos ceremoniales para sus esposas porque sabían que obtener un buen lugar en la Casa de la reina era una buena estrategia para empezar a “parecer” un embajador con poder en la corte de Madrid.

Estos conflictos de precedencia entre la embajadora y las camareras mayores indican que el ceremonial era un gran arma propagandística que funcionaba con igual eficacia en la Casa de la reina, una institución muy politizada en la segunda mitad del siglo XVII y más durante la regencia de Mariana de Austria.

Fuentes: Archivos austriacos.

Bibliografía: Luis Tercero Casado: “Un atto tanto pregiuditiale a la mia persona”. Casos de conflictos de precedencia entre Madrid y Viena (1648-1659), Obradoiro de Historia Moderna, 21, 2012, pp. 287-307.