Hoy cae un sol inmisericorde sobre Granada. Hace calor, mucho calor. Llevo en España más de tres meses y medio y aún no había tenido el sosiego necesario para sentarme frente a una nueva entrada del blog.

Sólo se me ocurre escribir de la salida de Viena y la vuelta a Granada. El día que salí de Viena con mi marido, cuatro maletas, una mochila de once kilos, dos chelos y una gata, no recuerdo si hacía calor o frío… seguramente no hacía nada de las dos cosas. Sí recuerdo que no miré atrás, salimos casi corriendo del piso donde habíamos vivido los dos últimos años, sin pena ni gloria, sin tristeza y sin alegría. Me había imaginado el momento de la “despedida” con más ‘chicha’ pero no. Teníamos prisa por llegar al aeropuerto, no perder el avión, las maletas, la gata o algún chelo por el camino (la mochila era imposible porque la llevaba a la espalda). Así que no hubo tiempo para sentimentalismos poco prácticos.

Unas horas después aterrizábamos en Granada. Mientras el avión tomaba tierra recuerdo que dije más o menos en voz alta: “Bienvenidos al país de la luz”; en ese momento una pasajera que estaba sentada delante de mí en el avión se volvió y sonrió, ¡A saber las horas de oscuridad que había ‘sufrido’ la pobre! Parece un tópico pero es cierto que la luz es lo que más me sorprendió al volver (eso y la comida, otro topicazo). Bajamos las escalerillas del avión y la luz lo inundaba todo a pesar de que la tarde estaba bastante avanzada. Los días siguientes apenas tengo recuerdos. Bueno, sí, alguno más relacionado con la luz: al día siguiente de mi vuelta, di un paseo por las calles de Granada para hacer papeles y la luz me cegaba, tenía que cerrar un poco los ojillos para ver. Y otra cosa que todo el mundo siempre señala: las voces altas en las cafeterías. Entré en una a tomarme un café y el ruido me pareció atronador. Ese primer contacto con las calles y espacios interiores de la ciudad fue brusco, chocante, pero también mágico, casi onírico. Los primeros días me parecía estar en un sueño, pero no precisamente en uno muy “bueno”; la sensación de irrealidad no me  siempre me resultaba agradable. Era como si estuviera con un pie en Viena y otro en una ciudad que me resultaba familiar pero extraña al mismo tiempo.

Todo era muy raro: me sonaban los nombres de las calles pero no sabían dónde estaban, los autobuses me parecían iguales a los que yo había conocido, pero no eran exactamente los mismo y tampoco hacían exactamente las mismas rutas (el LAC es un invento de menos de dos años; los de Granada me entenderán), el edificio de la Facultad de Filosofía y Letras era idéntico, pero la gente no era la misma, bueno sí, pero no… los alumnos que yo había conocido se habían ido y si no lo habían hecho, sus caras habían cambiado…, en mi mundo personal las cosas no eran menos extrañas: los amigos seguían allí pero sus vidas eran algo diferentes y los hijos de los amigos ¡Ya no eran niños!, eran adolescentes… cuando de repente mis amigos me decían ¡Mira cuánto ha crecido Fulanito o Fulanita!, me quedaba paralizada ¡El tiempo había pasado! Esos chiquillos que ahora tenían mirada de adultos en ciernes casi no se acordaban de mí. Para ellos dos años habían sido como dos décadas y para mí, al verlos, casi podría decir que también. El tiempo… siempre tan relativo, tan traicionero, tan curativo también…

Sí, en esos momentos me sentía como si hubiera regresado al futuro. Y en realidad así era: había regresado a una Granada que para mí era el futuro, una ciudad que estaba en un tiempo futuro mientras que yo me había quedado anclada en el pasado, en la Granada de marzo de 2014. Aquella era mi Granada, la que yo recordaba, y no esa de abril de 2016.

Sí, lo reconozco, me ha costado bastante adaptarme. El primer mes mi vida era un caos de cajas, recuerdos, caras cuyos nombres no acertaba a recordar…, horarios caóticos, gritos y un “entender todo lo que se decía en los autobuses y en la calle” pero a la vez ¡no entender nada! y con ello me refiero a tener que esforzarme para comprender comportamientos y formas de actuar que tenía olvidados pero que curiosamente, sin saberlo, había echado mucho de menos.

Los reencuentros han sido emocionantes y duros, como las despedidas en mi última semana de Viena. Un mes antes de regresar a este futuro que por fin ya es presente, confesé a Nacho mi miedo ante al vuelta a España. Temía que la adaptación me resultara difícil. Ese temor puede parecer tonto, terriblemente tonto después de haber pasado dos años en Viena peleándome con el alemán y la cultura austriaca (terminé adorándola, lo confieso);  más tonto e insultante aún si se piensa que a la vuelta me esperaba un trabajo maravilloso y una estabilidad que no había podido imaginar ni en mis mejores sueños. Pero lo cierto es que estaba muy asustada. Mis temores eran fundados porque, como digo, me ha costado adaptarme. ¿Será que la rapidez del avión no ‘favorece’ este acomodo? ¿Será que mi personalidad es así de reacia a los cambios? Todo puede ser o no. Ahora que me muevo con mi moto por Granada como pez en el agua, poco importa. El caso es que todo ha vuelto a la normalidad y punto.

Pero todo esto me hace reflexionar sobre los procesos de adaptación de las embajadoras del Imperio a España, allá por el siglo XVII. Para empezar, el viaje no duraba tres o cuatro horas sino tres o cuatro meses durante los cuales, además de perder la vida o la cabeza en el intento, estas mujeres también tenían la oportunidad de “hacerse a la idea” de lo que se les venía encima. Una vez llegadas a destino, las embajadoras tenían que ‘ambientarse’ para poder desempeñar con soltura su misión. Yo no he tenido que aprender a llevar un guardainfante para trabajar en la Universidad pero estas señoras sí que tenían que hacerlo si querían cumplir con sus obligaciones en la corte. Uf! Menos mal que he nacido en el siglo XX.

Johanna Theresia de Harrach vivió su juventud en la corte de Madrid (sí, lo sé ,esto ya lo he dicho muchas veces), como dama de doña Mariana de Austria. Pero no lo que voy a contar: Johanna regresó a la capital imperial que le había visto nacer ocho años después de aquella experiencia hispana. Para ella, la vuelta no fue fácil: Susanne Claudine Pils dice que la pobre llegó a sentirse como una verdadera “turista” en su propia ciudad. Su particular “regreso al futuro” le debió ocasionar algún que otro quebradero de cabeza: ¿Tuvo que repasar el mapa con los nombres de las calles como me ha pasado a mí en Granada? ¿Se perdió los primeros días intentando llegar a sitios cuya ubicación creía conocer a la perfección? ¿Se equivocó de estante a la hora de buscar un bote de mermelada? (Sí, Johanna hacía ella misma la mermelada). Yo me he vuelto loca en la cocina porque tenía en la cabeza la del piso de Viena. De alguna manera, salvando las barreras insondables del tiempo y el espacio, creo que me he sentido identificada, aunque sea un poquito, con mis queridas embajadoras: ellas también volvían y regresaban a un futuro transitorio que al final se convertía en su presente. Ese presente que ellas vivieron ha devenido ahora en pasado, del que ahora humildemente me ocupo. Pero no adelantemos acontecimientos… Voy a vivir  mi maravilloso presente y que el pasado, de momento, sólo sea mi objeto de estudio. ¡Feliz verano!

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