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Villa SchifanoiaFlorencia es una de las ciudades más bonitas que conozco, aunque a veces los precios de algunos lugares del centro y el exceso turistas le restan algo de encanto. En ese sentido, yo soy una turista más que consume cerca de los Uffizi o de la Galería de la Academia, así que seguramente aporto mi granito de arena a eso de “afear” (si esto es posible) un poquito la bellísima Florencia. Este ha sido mi cuarto viaje a esta joya del Renacimiento. El primero fue de placer y los otros dos por trabajo. Esta vez también ha sido así. Tenía que presentar la ponencia titulada: Between discourses and practices: Imperial Ambassadresses in Madrid (1650-1700) en el III Splendid Encounter: Diplomats and Diplomacy in Early Modern World (1400-1800), en la Villa Schifanoia, sede del Departamento de Historia y Civilización del European University Institute (EUI).

Una de las cosas que más me gusta de los congresos y seminarios es reencontrarme con amigos a la par que conocer gente nueva. En un trabajo tan solitario como es la investigación, socializar compartiendo temas y pasiones (además de muchas risas y alguna que otra preocupación por el futuro) se convierte en algo sumamente placentero y satisfactorio. La parte social de los congresos tiene algo de catártica y motiva mucho, pero que mucho mucho… , por eso es siempre recomendable acudir a estos eventos aunque ciertos organismos que tod@s conocemos se nieguen a reconocer su valor (científico y emocional a un tiempo). Como me comentaba una buena amiga en el ratito del café, la villa Schifanoia, tiene un no sé qué que favorece el intercambio de ideas. La villa, sus salas, sus vistas y jardines distraen pero también inspiran y fomentan la creatividad. Además, a las sesiones acuden siempre doctorand@s muy preparados que aportan frescura y dinamismo a los debates. Así da gusto. No voy a hablar del tema de mi paper (lo escribo así porque queda mejor que traducirlo literalmente y poner “papel”). La razón es que ya he publicado el resumen y sería aburrido volver a ponerlo aquí, pero sí que quiero responder mejor a las preguntas que me hicieron mis compañer@s (bueno, de las que me acuerdo). Haré un resumen de las respuestas para no alargarme mucho.

Una de las cuestiones que me plantearon al principio fue cuándo se empezó a utilizar el título de “embajadora” en la edad moderna. Según Charles Moser, lo empezó a usar la condesa de Olivares, madre del famoso valido de Felipe IV y esposa del por aquel entonces embajador en Roma. Cuando nació su primer hijo varón en 1587, el Papa Sixto V le otorgó el título de Signora Ambassiatrice. Esta titulación -que no comportaba el cargo- se generalizó en el siglo XVII haciéndose más notoria en la segunda mitad de siglo. Aunque, como bien apuntó mi compañera de panel, el nombre de “embajadora” referido a la mujer del embajador lo podemos encontrar en la documentación mucho antes de 1587. En este caso como en tantos otros, las prácticas se adelantaban a los discursos… uno de los temas de mi paper.

Durante la discusión surgió otra pregunta ¿Provocaba controversia el hecho de que una mujer fuera “embajadora”?  ¿Generaba algún tipo de crítica o contestación el género femenino de las embajadoras o, dicho de otro modo, el que las embajadoras fuesen mujeres?  La cuestión es clave ya que nos remite a la recurrente y eterna pregunta del verdadero papel del género en la Edad Moderna. En mi opinión, el género en el mundo cortesano era plástico y flexible, se adaptaba a las circunstancias mezclándose con otras categorías como la posición social. El género estaba siempre presente pero no era determinante, lo que no quiere decir que el género no tuviera sus límites porque los tenía: aquellas embajadoras que mostraban su influencia y capacidades políticas en público o de manera demasiado ostentosa, podían ser duramente criticadas y hacer peligrar la misión de sus esposos. Por eso, las embajadoras solían “aconsejar” y ejercer su influencia en privado. El poder político de estas mujeres era conocido, hasta cierto punto admitido o tolerado; incluso reconocido… el género en la corte a veces se hace más patente y otras se muestra más velado, en ocasiones “salta” anulando cualquier otra categoría para sumergirse después “ahogado” por la jerarquía social o las habilidades personales.

También me preguntaron si había manuales de embajadores publicados en Europa del norte que hablaran sobre las esposas de los embajadores. Tengo que aclarar que en mi ponencia hablé de dos manuales escritos en español publicados en la primera mitad del siglo XVII: El embaxador del conde de Roca, publicado en Sevilla en 1620 y Advertencias para reyes, príncipes y embajadores de Cristóbal de Benavente y Benavides, publicado en 1643. Mi respuesta fue que sí, el holandés Abraham de Wicquefort en su tratado L’ Ambassadeur et ses foctions, publicado en La Haya en 1682, trató el tema aunque no de manera tan específica y directa como lo hicieron el conde de Roca y don Cristóbal de Benavente. Resulta sumamente interesante observar cómo, décadas antes de que el reputado Wicquefort redactara su famoso “espejo” de embajadores, dos teóricos de la monarquía hispánica hubieran reflexionado ya sobre el tema de las mujeres de los embajadores. Creo que esta prematura preocupación por las embajadoras en el mundo hispánico demuestra el gran desarrollo del aparato diplomático de la monarquía española en la segunda mitad del XVI y principios del XVII. Hay que recordar que los tratados del conde de Roca y de don Cristobal de Benavente se tradujeron a diversas lenguas y se convirtieron en verdaderos best sellers.

Tras el debate, pude pasear por los jardines de la villa. Tengo que reconocer que siempre acabo muy cansada cuando acaba un seminario, así que ese paseíto y el sol (que calentaba) me sentaron de maravilla. Y después de la belleza de la villa Schifanoia nos esperaba el castello di Sezzante, una fortaleza llena de encanto que perteneció a la familia Guardi y que ahora tiene el privilegio de estar en manos de un mecenas del siglo XXI. Este señor, muy amable y elegante, tras acudir al seminario y participar activamente en los debates, nos invitó a todos los participantes a cenar en su castillo. La experiencia de sentarme a la mesa bajo lámparas-candelabro en un pétreo salón medieval fue muy especial y más sabiendo que el dueño de aquel lugar es de Viena, la ciudad en la que actualmente resido. Un castello toscano de un vienés… ¿Qué mejor lugar para clausurar mis pensamientos sobre las embajadoras del Imperio?

Abraham de Wicquefort

Abraham de Wicquefort