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«La condesa ya se ha vestido a la española y de incógnito ha ido a visitar a la reina». El conde de Harrach, embajador de Leopoldo I en la corte de Madrid escribió estas palabras en su diario el 30 de octubre de 1673. Él y su familia acababan de llegar a Madrid para cumplir con su embajada. Su esposa, Johanna Theresia, era gran confidente de Mariana de Austria. La reina, en ese año de 1674, continuaba al frente de la regencia de la monarquía hispánica, tutelando a su hijo Carlos II de 13 años de edad. Para aquel reencuentro, la condesa se vistió con un traje a la española y se dirigió a palacio en silla de manos. No era la primera vez que vestía de aquella manera, ya que había pasado su juventud en la corte de Madrid. Al día siguiente, su marido hizo lo propio enfundándose el traje español. Con aquel simbólico gesto dio comienzo a su embajada. El conde, el embajador oficial, anotó en su diario una curiosa apreciación: dijo sentirse extraño con tales atuendos a los que su mujer, sin embargo, parecía estar muy acostumbrada. Sorprende que el conde de Harrach hiciera referencia a las diferentes impresiones que el cambio de vestimenta provocó en él y su mujer. El vestido a la española despertó en la condesa «ansias», mientras que en el conde suscitó extrañamiento. Ambas sensaciones reflejan con clarividencia el desarrollo de sus respectivas funciones al frente de la embajada: la condesa desempeñaría su labor de embajadora desde la seguridad que le proporcionaba una sólida amistad con la reina mientras que el conde de Harrach cumpliría con sus funciones diplomáticas desde la rigidez del protocolo institucional; además, el éxito de sus negociaciones dependería del favor concedido por doña Mariana a Johanna.

Ser embajadora en el XVII

Las esposas de los embajadores irrumpieron en la diplomacia moderna con la proliferación de las embajadas permanentes en el XVI, que permitió al embajador llevar a su familia a su destino diplomático. Por otra parte, la consolidación de las monarquías hereditarias dio un nuevo impulso al papel de la mujer en la corte: la reina consorte y madre del heredero empezó a adquirir protagonismo en la sociedad cortesana. El reconocimiento político y ceremonial de las reinas y princesas en la corte fue en paralelo a la valorización de las esposas de los embajadores: su género las convirtió en potenciales favoritas de la mujer más íntima del rey. Fue en el XVII, momento de máximo desarrollo de la sociedad cortesana, cuando las esposas de los embajadores recibieron el apelativo de «embajadoras». Probablemente fue María de Pimentel, madre del famoso Conde-Duque de Olivares, la primera mujer que recibió ese «título». La esposa del embajador adquirió tal relevancia en la corte barroca que reyes y emperadores empezaron a considerar como criterio selectivo el capital dinástico y social de las esposas de sus enviados: damas de alta alcurnia, capaces de entablar una buena relación con la reina de la monarquía a la que iba a ser destinado su marido. Cristóbal de Benavente escribió: «Hoy, lo más ordinario es que les acompañen [las esposas] a las embajadas residentes y en algunas provincias donde el príncipe es casado, puede ser de mucha utilidad la comunicación de las mujeres». Embajador y embajadora debían ganarse la voluntad del matrimonio real mediante la práctica de la disimulación, la fineza y la prudencia. Conquistar el corazón del príncipe y así acceder a los arcana imperii de la corte extranjera era la clave del éxito. Amistad e intimidad con el rey estaban incluso por encima de jerarquías nobiliarias o géneros. Como afirmaba el conde de Pötting en 1670, un enano de la reina podía influir más que todo un embajador del Imperio. En el caso de las embajadoras, el vínculo con la consorte era esencial pero ¿qué ocurría cuando la reina era regente o propietaria?, entonces el poder de la embajadora se redoblaba. El género actuaba como una relación significante de poder. La embajadora ejercía mayor influjo si la reina era propietaria o regente porque, por un lado, en ausencia de rey mayor de edad, los cortesanos se acercaban a única fuente de patronazgo: la reina; y, por otro, la circunstancia vital y legal de la soberana la obligaba a compartir sus espacios y tiempos privados con mujeres nobles de confianza, lo cual no levantaba rumores sobre su moralidad. La importancia de la condesa de Harrach en la corte de Madrid reside en su amistad no con una reina consorte, sino con una regente.

La formación “diplomática” de Johanna Theresia de Harrach

Cuando Johanna llegó por segunda vez a Madrid, tenía una larga experiencia “diplomática”. Johanna había nacido en 1639 fruto del matrimonio del embajador Johann Lamberg y Judith Rebeca von Würben. Desde niña había aprendido lo que era el oficio de embajada en una corte del siglo XVII. Con apenas cinco años de edad, Johanna viajó con sus padres y hermanos a Osnabrück, donde se firmaron las paces que pusieron fin a la guerra de los Treinta Años. En 1653 su padre fue destinado a Madrid. Johanna, que entonces tenía catorce años, entró a formar parte de la cámara de Mariana de Austria. La consorte tenía una edad parecida: diecisiete años. Ambas entablaron amistad. Durante estos años Johanna se convirtió en una de las damas preferidas de la joven reina. Un embajador holandés describió una comida pública de doña Mariana en el transcurso de la cual ésta intercambió confidencias con Johanna: «Mientras la reina almorzaba, tres de sus damas de honor permanecieron de pie justo enfrente de ella. La del medio era la hija de Lamberg, antiguo embajador del emperador. De vez en cuando la reina hablaba con ella». Existían fuertes restricciones para conversar con la consorte durante las comidas públicas, lo que demuestra el trato de favor que la reina brindaba a su “Juana”. Johanna conoció a Fernando Harrach en 1661, cuando éste cumplía con una embajada extraordinaria en Madrid: Mariana de Austria concertó el matrimonio entre los dos en octubre. Tras el enlace, el nuevo matrimonio volvió a Viena. Johanna y doña Mariana iniciaron entonces un fructífero contacto epistolar. Una de las primeras cartas que escribió la reina después de dar a luz al futuro Carlos II, estaba dirigida a la condesa: en el lecho de parida y muy afectada por la reciente muerte del infante Felipe Próspero, doña Mariana escribió una misiva en la que se puede apreciar, por la letra temblorosa y casi ilegible, el trance emocional y físico por el que estaba pasando. Este grado de intimidad apreciado en la carta indica la estrecha relación que existía entre ellas. Desde 1661 hasta 1673 los condes permanecieron en la ciudad imperial. En septiembre de 1665 falleció Felipe IV dejando a su esposa doña Mariana como regente. Un mes después, Johanna escribió en una de sus notas que, respondiendo a las cartas de la reina, se comportaba como una buena «valida»; la condesa utilizó la palabra “valida”, lo cual resulta muy interesante ya que indica seguía siendo una de las favoritas de la reina tras la muerte del rey: su amiga de juventud había dejado de ser consorte para convertirse en tutora y regente de Carlos II. Esta transformación jurídica de la reina resultaría crucial en su vida. Otra prueba de la confianza de la regente fue la carta que ésta le envió en 1666, pocos días antes del viaje de la infanta Margarita a Viena para casarse con el Emperador. Doña Mariana expresó en esta misiva sus miedos ante la posibilidad de que nadie le diera información veraz de la nueva vida de su hija: «Mira, mi Juana, cuando mi hija llegue tienes que contarme todo lo que pase, porque no tengo a nadie que pueda informarme tan bien y tan verdaderamente como tú». En 1673 falleció Margarita, rompiéndose así el vínculo que unía al Imperio y España. Leopoldo quiso renovar fidelidades enviando a un embajador con estrechas relaciones con Madrid: el elegido fue el conde de Harrach. Las razones de este nombramiento son fáciles de adivinar: su esposa. La condesa era la única persona que podía influir en el ánimo de la reina después la muerte de su hija.

La condesa de Harrach: embajadora política del Imperio en la corte de Madrid (1673-1676)

El 26 de octubre de 1673 los condes de Harrach llegaron a Madrid y lo primero que hizo la condesa fue ponerse el traje español, montarse en una silla de manos y visitar a la reina. Doña Mariana le hizo valiosos regalos y nombró menina a su hija Josepha. Esta niña, a la que llamaría cariñosamente Pepa, le recordaba a su hija Margarita. Tras las celebraciones de la Navidad, la condesa inició en el año de 1674 su actividad cortesana como valida de la reina. En este ámbito del favoritismo, su principal competidor fue Valenzuela, hombre de bajo rango que había recibido en marzo de 1673 el cargo de caballerizo mayor. La llegada de la condesa a la corte despertó las suspicacias del encumbrado hidalgo pues ésta le adelantaba en años de amistad y privanza. Las actividades de Johanna se pueden resumir en varios puntos: el intercambio de regalos con otras esposas del entorno imperial, las continuadas visitas a palacio para conversar con la reina, la participación en los actos cortesanos del Alcázar, la negociación de asuntos diplomáticos del Imperio y, finalmente, -en este ámbito competía con el valido- la mediación en la concesión de favores. Apenas seis meses después de su llegada a Madrid, Johanna ya estaba negociando ventas de oficios. La condesa tramitó la venta del virreinato de Indias para el duque de Nájera. Los duques, que seguramente conocían la intimidad política así como la práctica venal de la embajadora, iniciaron su aproximación con las estrategias acostumbradas: el 30 de mayo de 1674 la duquesa de Nájera fue a visitar a la condesa con un curioso presente: un colorido pájaro proveniente de las Indias. Carlos Gómez-Centurión me explicó en el año 2006 que se trataba de un cardenal común, una especie muy apreciada entre la alta aristocracia madrileña. Al obsequiar a la condesa con aquel exótico animal, la duquesa de Nájera logró su objetivo de convencerla para que actuara como intermediaria en la compra del Virreinato. De hecho, cuando el Procurador de la Provincia de Castilla, en nombre del duque de Nájera, fue a visitar al conde de Harrach para pedir su protección en la formalización de la compra el cargo, Johanna ya había hablado con la reina al respecto, ofreciendo a su majestad los 4000 doblones del duque de Nájera, de los cuales 1000 serían para la medianera. El conde se comprometió ante el procurador a lo primero y con respecto a lo segundo (el pago de los 1000), lo rechazó contestando que tanto la condesa como él no exigían intereses por sus servicios, palabras difíciles de creer a la luz de las recompensas recibidas en otras transacciones similares. Estas mediaciones en las ventas de cargos, tradicionalmente asociadas al favorito, no debieron gustar a Valenzuela. En su diario, el conde de Harrach reflejó el desaire que don Fernando le hizo a Johanna: un tarde del mes de junio, el valido invitó a dulces a todas las damas menos a ella. El éxito en las ventas de oficios y los celos de Valenzuela convirtieron a la condesa en una de las mujeres más poderosas de la regencia, y a su esposo en el embajador más influyente. Leopoldo, una vez comprobados los primeros triunfos del matrimonio, se atrevió a negociar la adhesión a la Gran Alianza de La Haya del rey de Dinamarca y varios príncipes alemanes. Holanda, la monarquía hispánica y el Imperio habían conformado la Gran alianza de La Haya en 1673 para detener la invasión francesa de Holanda en 1672. A principios de mayo de 1674 la regente terminó por aceptar a Dinamarca, lo que satisfizo sólo en parte al Emperador, que ese mismo mes volvió a insistir en la necesidad de incluir en la alianza a príncipes protestantes como el duque de Brunswick, el rey de Suecia o el elector de Brandemburgo; lo que le resultaría muy útil para afrontar la presión de los turcos en las fronteras orientales. La iniciativa de la Gran Alianza había correspondido a la regente, por lo que Leopoldo necesitaba su permiso para incluir a nuevos aliados. La supeditación del Imperio a doña Mariana demuestra el prestigio político del que aún gozaba la monarquía hispánica en Europa. A lo largo de todo el mes de mayo, el Emperador pidió encarecidamente a doña Mariana el envío de poderes especiales al gobernador de Flandes y al embajador español en Viena para concluir las alianzas con los príncipes protestantes. La regente se resistió pero al final claudicó. En un despacho del once de julio, Fernando de Harrach agradecía a la soberana la definitiva alianza con Dinamarca y los duques de Brunswick; insistía sin embargo en la conclusión del tratado con Brandemburgo. Seis días después, el conde y la condesa salieron a pasear orgullosos por el paseo del Prado ¿Quisieron celebrar de esta manera su triunfo diplomático? El Prado era el lugar por el que se paseaba la nobleza de mayor abolengo para ver y ser vista. La condesa siguió con sus actividades en los meses de verano: el 23 de agosto de 1674 se hizo una sangría, motivo por el que recibió la visita de varias nobles. En septiembre acudió a la capilla real a conmemorar el aniversario de la muerte de Felipe IV; desde el púlpito de este representativo espacio se lanzaban los más aguerridos mensajes políticos, lo que le permitía estar bien informada. En octubre, la familia Harrach acudió a recibir al nuncio Millini: doña Mariana había elegido al Papa para la medición en el conflicto con Francia tras las fuertes presiones de Leopoldo que deseaba terminar con la guerra contra Francia. Urgía la elección de un mediador que iniciara las negociaciones de paz y ese mediador sólo lo podía elegir doña Mariana, por eso el Emperador se esforzó en mantener una buena relación con la condesa: Johanna empezó a recibir valiosos regalos de la emperatriz Claudia Felicitas. Claudia Felicitas se había casado con Leopoldo I en 1674 sustituyendo a Margarita. Leopoldo quería restaurar fidelidades con su hermana a través de su nueva esposa. La regente estaba muy resentida con su hermano por su rápido casamiento y éste lo sabía, por eso hizo todo lo posible para unir epistolarmente a Claudia y Mariana: la intermediaria en esta misión no podía ser otra que la condesa. Los regalos llegaron igualmente de la red femenina de poder de Johanna, a la que en ocasiones tenía que atender su marido: la condesa de Mortara y la de Aguilar pertenecían a su círculo, así como las duquesas de Medinaceli y de Alburquerque. La de Medinaceli le regaló en octubre de 1675 una esclava morisca. La fecha del presente aporta pistas sobre el poder de la condesa: la duquesa era la esposa del sumiller de corps del rey (Juan Francisco Tomás de la Cerda, futuro primer ministro). Carlos II, en octubre de 1675, estaba a punto de cumplir los catorce años de edad que le capacitaban para gobernar sin la tutela de su madre. El apego que éste tenía a doña Mariana y la condición jurídica de ésta como curadora que le permitiría supervisar las funciones de su hijo hasta los 25 años, habría impulsado a los duques a acercarse a la condesa, íntima de la “nueva” curadora. El matrimonio Medinaceli hizo bien porque tras el cumpleaños del rey y el fallido intento de don Juan de proclamarse primer ministro, doña Mariana prorrogó las funciones de la junta. Leopoldo no desconocía la condición jurídica de Mariana, por eso se atrevió en diciembre de 1675 a ofrecer la mano de la archiduquesa María Antonia a Carlos II. La reafirmación de doña Mariana en el poder aumentó la influencia de los condes de Harrach, más aún cuando Valenzuela concitó el odio de la nobleza en esos primeros meses de 1676. Los Harrach gozaron desde principios de año del cariño político de los cortesanos: en enero, entraron en contacto con la marquesa de la Fuente, Ana Portocarrero, famosa espía de la corte de Francia. Fue la condesa la que recibió a la propincua invitada. Ese mismo mes Johanna atendió la visita de la duquesa de Alburquerque y su hija. La duquesa era la esposa del mayordomo mayor de Carlos II: Alburquerque había convencido al joven Carlos II para que expulsara de la corte de don Juan, que se había presentado en palacio el mismo día en el que el monarca cumplía la mayoría de edad. Seguramente, la duquesa visitó a la condesa con la intención de renovar fidelidades con el grupo de poder liderado por los condes de Harrach. Johanna no dudó en demostrar su alta posición en esta visita. Argumentando que se encontraba indispuesta, recibió a las dos invitadas en su dormitorio y en la cama, cual auténtica valida. Esta era la forma de recibir que tenía Valenzuela. El simbólico gesto reforzaría su imagen de favorita de doña Mariana. Valenzuela, acosado por la nobleza, se ausentó de la corte en los meses de marzo y abril. La condesa continuó alimentando su red de poder: a finales de mayo acudió a visitar a la duquesa de Medinaceli, cuyo esposo estaba cada vez más descontento con el “duende”. ¿Llegaría a oídos de la condesa la conspiración que estaba preparando el duque? Probablemente no, porque de saberlo se lo habría comunicado a la reina. Johanna continuó en ese año de 1676 con la mediación en la venta de cargos, lo que demuestra una vez más la operatividad de la curatela de doña Mariana. A mediados de ese año, la favorita de la curadora consiguió una plaza de cuestor para un miembro de la familia Calderari y favoreció la concesión del Toisón de Oro al cuñado de la marquesa de Mancera, esposa del mayordomo mayor de la reina. La marquesa acudió personalmente a agradecer la mediación de tan alta merced a la casa de los condes de Harrach, situada en la representativa plaza de la Cebada. Por motivos que se desconocen, la condesa y sus hijos iniciaron los preparativos del viaje de vuelta a Viena: el tres de septiembre, Johanna partió de Madrid con numerosos regalos para la familia imperial; el conde, sin embargo, se quedaría un año más en Madrid. Johanna y la reina retomaron su relación epistolar: en octubre doña Mariana le escribió estas significativas palabras: «No puedes imaginar lo sola que me siento sin ti».

Johanna Theresia de Harrach: embajadora cultural de la monarquía hispánica en Viena (1677-1716)

Johanna llegó a Viena en diciembre de 1676. Dada su condición de esposa del embajador del Imperio en Madrid debía elegir un sitio apropiado a la representación de su estatus, por eso se instaló en un impresionante palacio situado en el Freyung. Pronto empezó a realizar y recibir numerosas visitas, y a acudir todos los actos cortesanos. La condesa volvía a su casa a las nueve o las diez de la noche. Su solitaria carroza, rodando por las oscuras calles de Viena, se convirtió en un símbolo de su extenuante actividad cortesana. El conde volvió a Viena en 1677: el destierro de doña Mariana a Toledo le obligó a volver a la ciudad imperial. La condesa no dejó de recibir cartas de doña Mariana. Comenzó entonces una nueva etapa en su vida: desde entonces actuaría como embajadora cultural de la corte española en Viena. Los condes de Harrach, y en especial Johanna, contribuyeron a la introducción de las costumbres españolas como el consumo de chocolate, cebollas y tomates. Igualmente, llevaron a Viena las obras de Calderón, ediciones de El Quijote, obras de arte y muebles indianos. En sus últimas cartas, doña Mariana no dejó de informar sobre las novedades de la corte. En diciembre de 1695 mostró su preocupación por el apego de su nuera, Mariana de Neoburgo, a la Berlips, la camarera alemana (formaban parte del partido imperial que pretendía que la sucesión recayera en el Emperador y no en los archiduques de Baviera). Doña Mariana, que lideraba el partido bávaro que defendía la candidatura de su bisnieto José Fernando de Baviera, no aprobaba la amistad de su nuera con la Berlips, a la que no pensaba en honrar con una visita: «Bien creo que de la Berlips escriben mil cosas allá, […] en todo este tiempo aun no he puesto los pies en su posada. La reina [la Neoburgo] no sale en todo el día de allí, aun cuando estuvo enferma». En otra de sus cartas, tres meses antes de morir, doña Mariana se lamentaba el sarampión de la hija de la condesa y unos renglones más abajo le anunciaba la llegada del nuevo embajador español destinado al Imperio: Castelrodrigo, un hombre con poca experiencia pero con voluntad. Doña Mariana le pedía a su amiga que lo recibiera como correspondía, y terminaba doliéndose de la falta de sucesión, asunto de capital importancia en Europa: «Mi hija [la Neoburgo] se quiere ahora sangrar y purgar por prevención, espero le irá muy bien con ello, harta lástima es que no acabe de estar preñada, como necesita la sucesión». Doña Mariana, a las puertas de la muerte, seguía confiando sus preocupaciones a su querida condesa, a la que llamaba afectuosamente:  «Mi Juana» y de la que se despedía con estas palabras «Soy siempre tu clemente reina y señora».

 La condesa de Harrach, excepcional pero no única

La historia de las relaciones diplomáticas en la Edad Moderna debe reflexionar sobre las mujeres en las embajadas. Expertos en historia diplomática han tratado el tema tangencialmente en función de la documentación encontrada, muchas veces escasa e insatisfactoria. Hugon ha señalado que las mujeres tenían un espacio limitado en el juego diplomático y que sólo en situaciones de excepción se puede detectar su “intrusión” en las negociaciones bilaterales; como ejemplo ha presentado las negociaciones de la marquesa del Mirabel, esposa del embajador de España en Francia, que llegó a actuar como regente de su esposo durante un viaje de éste a Flandes. Por su parte, Bély se ha preguntado si acaso la mariscala Guébriant no fue la única “embajadora” de la Edad Moderna ya que parece que sólo ella llevó instructions, pruebas de su misión oficial en Polonia. Llevar papeles podía ser una condición indispensable para ejercer oficialmente como embajador pero no para desarrollar una actividad diplomática, porque en la sociedad cortesana las conversaciones no escritas y la comunicación oral y visual funcionaban igualmente como vías legítimas de poder. En este ámbito, las mujeres tenían mucho que “decir” y, por supuesto, que ver y oír. Por algo el buen espía en la Iconología de Ripa (1630) se representaba con una capa cuajada de ojos y orejas. ¿Acaso el embajador no era el mejor espía como han indicado los más afamados historiadores de la diplomacia? La Razón de Estado, en la obra de Ripa, aparece representada como una mujer cubierta con una túnica semejante a la del espía; e Isabel I de Inglaterra, en el Rainbow portrait, luce igualmente un vestido bordado de ojos y oídos para escuchar, ver y, si se terciaba, hablar, haciendo buen uso del arte de conversar. El ejemplo de la condesa es excepcional pero no único. La estrecha amistad que Johanna estableció con una regente que, en 1674 ya había consolidado su poder como tal, fue determinante para su destacable carrera; sin embargo, la condesa dista mucho de ‘no ser representativa’. Numerosas mujeres cumplieron con sus respectivas embajadas como esposas de diplomáticos. Sus estrategias de acción fueron similares a las de Johanna: mediaciones, conversaciones o representaciones con la adecuada utilización del lenguaje gestual y visual acostumbrado en la corte; sin olvidar que la identidad de género favorecía la relación íntima de estas embajadoras con la reina. Compartir experiencias tales como la maternidad permitía la forja de amistades y la construcción de solidaridades de género que difícilmente se podrían producir entre una reina y un embajador varón. Para descubrir a estas mujeres es necesario indagar en fuentes tradicionalmente poco consideradas por la historia de la diplomacia: diarios, cartas o imágenes que confirman la presencia activa -y quizás más independiente de lo que se podría imaginar- de agentes femeninos en el entramado diplomático europeo; el conde de Pötting visitó a la embajadora inglesa durante las negociaciones de la paz entre España y Portugal en las que Inglaterra era mediadora; mientras que el conde de Harrach visitó a la embajadora de Dinamarca con el objetivo de conseguir la inclusión de la corona danesa en la Gran Alianza de la Haya. Cristóbal de Benavente, consejero de Guerra y ex embajador en Venecia y Francia, publicó en 1643 su obra Advertencias para Reyes, Príncipes y Embaxadores. Su juicio sobre las esposas de los embajadores a las que llama embajadoras no deja lugar a la duda sobre la confianza que sus esposos depositaban en ellas: «Yo dejaría al prudente juicio del embajador que reconozca si tiene mujer de capacidad tal que le puede comunicar sus cuidados y más secretos pensamientos, teniéndole por consejera o compañera en tan peligroso oficio como es el de embajador, que muchas mujeres ha habido muy capaces de secretos y de prudencia varonil» y continuaba: «Mujeres han sido enviadas muchas veces, y negociado felizmente con gran utilidad de la república. Entre príncipes conjuntos en sangre ninguna persona es más a propósito que ellas para confirmar voluntades y más si son madres, hijas y hermanas». Considero que el análisis detallado de cada uno de los casos de esposas de embajadores en las cortes barrocas, demostrará que la acción de los matrimonios de embajadores se basaba más en la complementariedad de las estrategias de ambos cónyuges que en la supuesta dependencia de la embajadora de su marido. En un contexto historiográfico en el que la historia de género aboga por el estudio de las identidades compartidas en vez de enfatizar la diferencia-dependencia, esta hipótesis (que puede parecer arriesgada) cobra todo su sentido. El matrimonio de los condes de Harrach representa esta diplomacia conyugal, y la ‘excepcional’ Johanna Theresia sólo es un ejemplo más de aquellas mujeres imaginadas y reconocidas por el audaz don Cristóbal.

Palacio Harrach. Viena.

Para saber más:

-Susanne Claudine Pils: Schreiben über Stadt. Das Wien der Johanna Theresia Harrach (1639-1716). Wien, 2002.

– Elke Meyer: Die Reise Tagzettel der Johanna Theresia Harrach. Diplomarbeit, Wien, 2013.

– Gloria Franco Rubio y María Ángeles Pérez Samper (ed): Herederas de Clío. Mujeres que han impulsado la Historia. Homenaje a María Victoria López-Cordón Cortezo. Sevilla, 2014.

El texto de esta entrada está publicado en el libro editado por Gloria Franco y María de los Ángeles Pérez Samper. Esta obra se publicó en febrero de 2014.

Y…. consultar los archivos vieneses.